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    Guatemala, domingo 22 de agosto de 2004

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    OPINIÓN

    Mover el péndulo

    Edgar Gutiérrez

    Después de 20 años está surgiendo de manera dispersa y desde puntos diversos, otro consenso.

    Después de 20 años está surgiendo de manera dispersa y desde puntos diversos, otro consenso. La constatación que el mercado por sí solo y de espaldas al Estado y la sociedad, no trajo a América Latina lo que ofreció: bienestar general.

    La economía tiende al estancamiento (en lo que va de este siglo ha crecido a un promedio anual de 0.87 por ciento). No hay menos pobres. La desigualdad es brutal. Salvo los banqueros, algunos exportadores e inversionistas extranjeros, la mayoría de empresarios no tiene suficientes ganancias ni son competitivos.

    Las divisas más cuantiosas (remesas) se producen al altísimo costo del desgarre familiar de los emigrantes y la pérdida, para las economías locales, del trabajo de los más capaces, jóvenes y audaces, tanto mujeres como hombres.

    Las empresas, los Estados y las sociedades son notablemente menos competitivos porque el capital humano (nutrición, salud, educación) quedó rezagado, y el capital social (valores, organización, confianza) es flácido.

    Con un agravante: los pobres ya no seducen como el “oscuro objeto” de la explotación. En ramas tradicionales, como los textiles, sus salarios bajísimos no compiten, por “mínimos”, sumados a cargas tributarias y otros gastos no contables (seguridad, burocracia, corrupción) con los costos de, por ejemplo, China continental.

    Todo esto no es novedad. Lo reconocen ya, de manera explícita, el Banco Mundial y el Fondo Monetario. Y oímos la misma letanía en cuanta declaración ha salido de los cónclaves presidenciales en los últimos años.

    Pero el Banco y el Fondo ni siquiera tienen la garra de hace un tiempo. Los presidentes son señalados cada vez más temprano de traidores por incumplir promesas de campaña, dado que el plan de vuelo de las políticas económicas no lo hacen ellos ni sus equipos. Son corsés implantados. Sus márgenes de acción autónoma –salvo que se tengan riquezas naturales que caigan como maná a sus dadivosas manos– son risibles.

    A quienes les falta reconocer el descalabro y la fragilidad de la vida humana es a las gigantes multinacionales, que son el poder real en esta era caótica.

    Hay quienes dicen que no hemos perdido una década sino un cuarto de siglo. Quizá exageran, pues a principios de los 80 teníamos un desorden monumental. Incentivos eternos, protecciones gravosas, políticas arbitrarias. Gastos descontrolados, tipos de cambio irreales, inflaciones galopantes. Y en lo político, autoritarismo, corrupción, guerras civiles y represión brutal.

    No es que nos desembarazamos de todas esas lacras, pero ya hablamos sobre ellas de manera más abierta y hemos encontrado formas de contrarrestarlas con los instrumentos que dan el propio régimen político de la democracia y la globalización.

    El consenso de Washington ayudó a poner en orden la casa. Pero algunos fundamentalistas lo adoptaron del Antiguo Testamento. Y las exorbitantes ganancias de las empresas dieron alas a los ideólogos hasta convertir ciertas disposiciones técnicas ventajosas a sus negocios en leyes inapelables y sempiternas.

    Perplejas, las sociedades quedaron lamiendo sus heridas, sin saber qué hacer con la libertad ganada. Por momentos parecía que Pavlov actuaba: entre más libertad, más palo daba una mano invisible que volvía más hostil el ambiente y acrecentaba el miedo al futuro y la desconfianza.

    Ahora es tiempo de mover y graduar el péndulo. Algunos paí países lo están haciendo a través de fuerzas políticas que proponen otros caminos. Ensayan diferentes formas de colaboración entre el Estado y los mercados, en beneficio de una economía social.

    El Estado comienza a salir de su confinamiento de las políticas monetarias y vuelve sobre campos que abandonó, como la asignación de recursos, la formación de capital y el progreso tecnológico.

    Se piensan nuevas estructuras fiscales que focalicen su impacto en los quintiles altos de la sociedad (por ejemplo, regulando las sociedades anónimas que constituyen una fuga gigantesca de impuestos) y subsidios hacia abajo, para contrarrestar los incrementos de precios.

    El Estado se somete a controles para ser más transparente y eficaz, y elimina grandes trampas de la corrupción, como los fideicomisos y las compras con sobreprecio (una forma de mordida que se disfraza de “comisión”).

    Se renegocian las deudas, las cartas de intenciones con el Fondo y las alianzas regionales. Con los recursos disponibles aumentan las inversiones en capital humano y social, pues es imposible subir la productividad con niveles de escolaridad como los actuales.

    Los países ya no piensan sólo en atraer inversiones externas sino en cómo fortalecer, mediante políticas sectoriales, los mercados internos, agregando valor a las exportaciones, logrando economías de escala en pequeñas empresas, introduciendo mejoras tecnológicas y explotando nichos de mercado más rentables.

    Resulta viable sustituir ciertas importaciones, tanto de bienes de consumo como intermedios. El turismo, que es intensivo en uso de mano de obra, comienza a salir de su rezago, igual que la construcción de vivienda popular.

    En una palabra, el Estado deja de ser un mal garrote en manos del mercado y contribuye a nutrir, también, a la sociedad. Ese es un futuro deseable. Entre más rápido lo alcancemos, mejor para la gobernabilidad democrática.

    Edgar Gutiérrez

    21 agosto 2004

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