Era alta, delgada, de pelo claro, y una de las primeras mujeres emancipadas
Ana María Rodas
Hacia los años cuarenta del siglo pasado Guatemala era una ciudad pequeña, habitable, en la que muchas de las casas tenían un cordel amarrado a la cerradura de la casa principal, del que todo el mundo jalaba para entrar.
La sociedad se comportaba y se veía de manera diferente: tras la caída de Ubico, hubo una actividad cultural y social envidiables, pero en otros aspectos carecíamos de sofisticación y las mujeres no contaban con todos los recursos actuales para cambiarse la apariencia, muchos de ellos una verdadera carnicería; en cuanto a maquillaje lo que había era polvos faciales, lápiz labial y lápiz para cejas, además del colorete. Con esos nombres, justamente.
Entonces, las mujeres bellas lo eran sin la ayuda de muchos potingues ni operaciones de cirugía estética. Y entre las que paraban el tráfico en aquel tiempo se encontraban dos que yo conocía muy bien: mi madre —aunque esté mal que yo lo diga es cierto— y Carmen Reiche Wassem, nuestra vecina. Algunos años más tarde se añadiría la belleza despampanante de Luz Méndez de la Vega.
Yo apenas me alzaba dos palmos del suelo y ya mi hermano mayor iba al mismo colegio con la hija de la vecina, una niña preciosa de pelo rubio y ojos azules, Vera Beatriz Schaeuffler, y en la casa de ambas conocí a varias niñas con quienes me encuentro a veces en el super y hablamos de los nietos y cosas así.
La vecina, a quien llamaban por el diminutivo de Chita, era una mujer alta, delgada, de pelo claro, y además de ser bellísima fue una de las primeras mujeres emancipadas que conocí. En aquella sociedad pueblerina manejaba al menos tres idiomas con igual soltura y fluidez, se atrevía a trabajar, manejaba carro y además fumaba. Esto sucedía antes de que se supieran los efectos perversos del tabaco, y desde la pantalla en blanco y negro, las heroínas del cine seducían con un cigarrillo en la mano.
Cuando nos mudamos a la casa de la trece calle A dejamos de ver a Chita, que se había casado en segundas nupcias. Algunos —bastantes— años más tarde entró en la casa un joven alto, delgado, rubio y de ojos azules que resultó ser nieto de Chita, hijo de Vera, y que se casó con mi hija pequeña, Carmen Lucía y se la llevó a vivir a Estados Unidos.
En Houston nació María Cristina, y luego de que la pareja regresara a Guatemala nació Ana Beatriz. Las dos jóvenes son guapísimas — insisto, está mal que yo lo diga— pero ya les he contado de dónde han salido así.
Volví a ver a Chita que, alta y delgada como siempre, y muy guapa en su edad, fue la bisabuela de mis nietas. Para entonces mi madre ya no estaba aquí, habiendo elegido irse cuando aún era demasiado joven y le faltaba ver toda esa descendencia que le da tanto sentido a mi vida. Pero esa es otra historia.
Recobré los lazos con aquella familia que dejó impresiones tan favorables en mi niñez, y retomé la amistad con Chita. Participé de las visitas multitudinarias a una casa solariega a orillas del Lago de Atitlán, de las refacciones, los almuerzos, los festejos de cumpleaños.
Los ritos familiares me habían acercado nuevamente a Chita, y eso era recuperar un poco a mi madre y a mi tío Aurelio que, ahora ya puedo decirlo, estuvo secretamente enamorado de Chita por largos años.
El más reciente ritual compartido ha sido acompañar a Chita hasta el secreto rincón desde donde podrá soñar siempre con las cosas amables de su vida. Pasó sus últimos días asistida por la amorosa familia que la preparó para cruzar en calma la puerta que la condujo a la luz.
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