¡Ah, los guatemaltecos! Preocupados siempre por lo que piense la gente.
Méndez Vides
La música popular no tiene piedad, funciona si le toca el alma a la mayoría. El bolero tuvo su época, romántico, evocador, tormentoso, inspirador de penas de amor que se apagaban con aguardiente y humo espeso de tabaco. Los tríos, cantantes y compositores lagrimosos como Agustín Lara, invadieron el espacio sensible de los chapines a finales de la primera mitad del siglo XX, sacudiendo con el rasgueo de la guitarra a un pueblo abonado para el lamento con las notas tristes de la marimba. Como reacción surgió el olvidado y legendario compositor chapín Amado Parrilla. Los conocedores sabrán mucho de él, para mí es apenas un personaje de novela, un compositor de boleros que no pasó del corredor, que no brilló internacionalmente, que se hundió en la bohemia y apenas dejó sueltas algunas composiciones que repiten los artistas de bar en oscuros homenajes al maestro sentimental. El reconocimiento lo habrá ganado en besos y en la muerte, llevándose la deuda de los aplausos.
Lo fascinante, al escuchar sus boleros, es percibir esa forma de ser y sentir tan nuestra. El bolero vino de fuera, y Parrilla lo adaptó. La negrura sentimental es un tema universal, así como el llanto por el tiempo ido y los amores perdidos, y muy de una época machista (aunque débil) la actitud de mostrarse lastimados por las mujeres traicioneras. Ya el tango argentino había resuelto el castigo con el cuchillo y la muerte de la culpable, mientras el bolero cubano derramaba lágrimas negras sin resentimiento, y el mexicano imponía las copas que enseñan a olvidar, mientras los bogotanos le metían rumba al dolor. En Guatemala los boleros atormentados expresan una sensibilidad muy nuestra, claramente fijada por Parrilla en ¡Qué vergüenza!, donde el protagonista canta su dolor luego de ser víctima de la falsedad de una mujer que lo hizo soñar y luego lo abandonó en un acto de cobardía, al no querer asumir su decisión de andar con él, por paria. Su tormento adopta un carácter social, al sufrido no le importa tanto el hecho de la traición como lo que se va a pensar de él, la pena que encarna exponerse a la burla y la conmiseración: “Qué vergüenza que sepa la gente lo que tú me hiciste, qué penoso tener que contarles toda la verdad…” Y en otra composición propone el falso desquite, aparentar una cosa ante los demás ocultando su verdadera pasión: “¡Qué me importa! No me importa saber si te vas o te quedas. Ya no me importa que des lo que tienes a quien quieras”.
¡Ah, los guatemaltecos! Tan preocupados siempre por lo que piense el resto de la gente. Se dice que hasta cobrar el salario nos da pena, y al recibir el efectivo nos excusamos con mucha educación, bajando la cabeza. En los boleros o en la vida diaria, la vergüenza y la pena dominan nuestro destino.
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