Quisiera poder dejarles a mis hijos el legado de mi abuelo.
María Olga Paiz
La lentitud es mal vista. Cosa de discapacitados, ancianos, burócratas y lerdos. Algo evitable, a toda costa, eso de perder el tiempo.
Queremos adquirir vehículos que alcancen 260 kilómetros por hora y queremos leer 2 mil palabras por minuto. Queremos conexiones hiper rápidas, más veloces que el pensamiento. Queremos vivir en los segundos, aunque nuestros cuerpos aún no logren escapar de la dictadura del día y la noche.
Y, a cada rato, sentimos los estragos del esfuerzo por seguirle el paso a la vida moderna. Cuando mi mente se siente abrumada por las prisas, retrocedo a las mañanas en las que sentada sobre la tapa del inodoro observaba fascinada a mi abuelo rasurarse la barba.
El solo recuerdo tiene el poder de disolver la ansiedad y devolverme la calma y el aliento. Aquel era un ritual que tomaba media hora. Empezaba por poner con cuidado sus implementos sobre el lavamanos: el jabón, la brocha, el guacal del agua caliente y la hojilla de afeitar, adentro.
Era hipnótica la lentitud de sus manos al hacer la espuma con la escobilla y maravilloso el cuidado con el que pintaba de blanco la piel obscurecida por los vellos incipientes. El recuerdo transcurre con tal lentitud por mi mente que me da tiempo de oler la humedad encerrada en aquel baño de casa vieja y de ver, con más precisión que lo que tengo enfrente, el algodón raído de lavadas de su camiseta BVD.
Quisiera poder dejarles a mis hijos el legado de mi abuelo para que algún día ellos encuentren solaz en ese recuerdo, pero encuentro con tristeza que no sé hacer nada con lentitud: ni rasurarme, ni amasar pan, ni siquiera escribir esta columna.
De algún modo –¿no creen ustedes?– debiéramos rescatar y retomar para nosotros y para nuestros hijos la capacidad para la lentitud y el reconfortante placer de perder el tiempo.
0 comentarios: