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Opinión:

De la boca presidencial

O la receta para ganarse un pleito cuando nadie lo necesita.

Por: Juan Luis Font

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El presidente Berger tiene un problema bucal o un problema con su boca. He notado que en repetidas ocasiones, cuando la tiene abierta, salen de ella palabras que consiguen ponerlo en penas. Mire pues la que se le ha armado con los Obispos. Muy dignos ellos, se han mosqueado porque les llama desactualizados y populistas.

El cardenal Quezada ha preferido la ironía para responderle, pero le ha dicho cosas severas: que el diálogo con él es estéril, que con otros gobiernos la relación de la Iglesia ha sido mejor, y que le recomienda ponerse de acuerdo con los miembros de su Gabinete y hasta con su mismo Vicepresidente, pues, según el Arzobispo, las contradicciones entre ellos se echan de ver sin que uno se empeñe.

No pasa de un zipizape, dirá usted, pero ¿qué necesidad tenía el Presidente de ganarse este disgusto por culpa de su boca? Tendrá que meterla en cintura o ponerle toque de queda o simplemente cerrarla en caso de riesgo (cosa aterradoramente frecuente). Los Obispos podrían caer en cuenta que ante el vacío de liderazgo en el país sus palabras sobre casi cualquier asunto adquieren una relevancia que ya quisieran para las suyas un Álvaro Colom o un Efraín Ríos. Y así, no los va a callar nadie, aunque con lo que dicen provoquen convulsiones a muchos porque cuestionan en público el modelo económico del país y no se conforman con comentar asuntos de altares. Los Obispos, ya se ve, no están dispuestos a cerrar su propia boca. Y hacen bien en hablar. Lo mismo Álvaro Ramazzini, que defiende los derechos de campesinos sin tierra ni empleo, que la Conferencia Episcopal en pleno cuando pide la derogatoria del decreto que impide la venta de medicamentos genéricos. Su voz es importante y, por cierto, no siempre antagoniza con la del gobierno.

A mí no me despiertan urticaria las minas a cielo abierto ni la construcción de hidroeléctricas. Por el contrario, en un país ávido de empleos y de generar energía más barata las dos propuestas suenan razonables, pero hasta un necio entiende que es indispensable llamar la atención de las autoridades sobre la necesidad de extremar precauciones para que las minas no degraden el medio ambiente y sobre la insuficiencia del ministerio del ídem para asegurarse que las empresas no añadan cianuro a la dieta de los pobladores ni expriman toda el agua de la capa freática. Tampoco es cosa que una represa cualquiera venga a causar más daños que beneficios en la cuenca de un río. Entiendo que esto, justamente, y no una oposición ecohistérica y radical, es lo que han planteado los Obispos. Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es una boca.
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