Señores diputados, les toca a ustedes elegir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte de Apelaciones, entre los candidatos que les han presentado las respectivas comisiones de postulación.
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Señores diputados, les toca a ustedes elegir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte de Apelaciones, entre los candidatos que les han presentado las respectivas comisiones de postulación. Claro que lo ideal hubiera sido que todos los candidatos propuestos fueran inmaculados, puros, probos, talentosos, justos, carismáticos y que estuvieran por encima del bien y del mal, es decir, prohombres o semidioses ungidos por la Divina Providencia. Sin embargo, los seleccionados son simples seres humanos, imperfectos y falibles, que aspiran a servir en el Organismo Judicial. Por supuesto que todos tienen sus debilidades y lados flacos.
Por supuesto que a todos les hace falta algo y que ninguno se salva de los “peros” y de las objeciones. Por supuesto que todos tienen enemigos y detractores, y hasta amigos y parientes, que los envidian, desacreditan y descalifican, a través del rumor, de la desinformación, del levantamiento de plumas y de atribuir a otros señalamientos y acusaciones de la peor calaña y bajeza en su contra.
Peor aún, la intriga para “bajarse” a alguien, podría conllevar “peros” como “está calificado pero es amigo o pariente de fulano o zutano”, “tiene calidades pero tiene o podría tener vínculos con mengano”, “es capaz pero tiene mal carácter”, “es probo pero es muy autoritario”, “es excelente pero nos puede perjudicar”, “tiene quilates pero no es cuate”, etcétera, etcétera.
La destrucción personal también podría llegar al punto de elaborar y filtrar listas de candidatos que no se desea que sean electos y, luego, atribuírselas a alguien que despierte suspicacias o coincidencias entre los electores, aunque no tenga nada qué ver. Todo tipo de artimañas y malas artes es dable en el juego de la intriga, la calumnia y la infamia.
No importan los buenos currículos ni las reputaciones más intachables en la vorágine de la descalificación, la maledicencia, la satanización y la denigración de adversarios, rivales, amigos, enemigos o, incluso, de gente demasiado independiente.
No obstante, lo que sí es cierto es que Guatemala necesita buenas cortes, no perfectas, porque lo perfecto es enemigo de lo bueno; integradas por buenos magistrados, electos con objetividad, es decir, haciendo caso omiso de subjetivismos y de apreciaciones sin posibilidad de confirmación.
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