Costa Rica y Guatemala difieren radicalmente en su perfil de generación eléctrica.
Pablo Rodas Martini
Costa Rica y Guatemala tienen hoy en día dos perfiles de generación eléctrico diametralmente opuestos. Costa Rica produce el 80 por ciento de su generación a través de hidroeléctricas, el 15 por ciento vía geotérmicas y apenas el 2 por ciento vía térmica (el restante 3 por ciento ya es eólico). Guatemala, por el contrario, produce 33 por ciento por hidroeléctricas, 2 por ciento por geotérmica, y un asombroso 65 por ciento vía térmico. Por si eso no bastara, Costa Rica genera cerca de 20 por ciento más de energía que Guatemala.
En otras palabras, Costa Rica tiene un perfil muy superior al de Guatemala, pues descansa principalmente en una generación eléctrica renovable –hidroeléctrica o geotérmica–, mientras que Guatemala se ve forzada a comprar ingentes volúmenes de combustibles, lo cual nos convierte en tremendamente vulnerables al alza en los precios del petróleo. Por si eso no bastara, la generación térmica es mucho más dañina para el ambiente que cualquiera de las renovables.
En ese sentido, las declaraciones de la Iglesia hacia las hidroeléctricas no son populismo, como dijo el presidente Óscar Berger, sino ignorancia. La Iglesia está lanzando conclusiones precipitadas, con un desconocimiento supino de lo que son políticas energéticas.
Guatemala debería acentuar fuertemente su producción hidroeléctrica o geotérmica (no digo que desaparezca la térmica, sino sólo que se rebalancee la oferta). De hecho, una de las escasísimas excepciones que deben evaluarse en cuanto a incentivos fiscales es para la generación de energía renovable, entre las que las hidroeléctricas todavía son las más relevantes.
La actitud no debe ser de oposición hacia las hidroeléctricas, sino de debatir el tipo de hidroeléctricas que el país necesita. La búsqueda de un desarrollo sustentable llama a desconfiar de plantas gigantescas tipo Chixoy e irnos por otras más pequeñas, llegando al extremo de las que se conocen como “a filo de agua”. He ahí el debate que el país necesita y para lo que se necesita invitar a expertos en política energética y en política ambiental a que nos ilustren sobre los pros y contras de los diferentes tipos.
En síntesis, la actitud de la Iglesia no es populismo: es ignorancia.
En el tema de minería a cielos abiertos no tengo en este momento una postura. El otro día le envíe a una sudamericana conocedora copia de uno de esos e-mails apocalípticos que había recibido. En su respuesta me decía: “Sin duda la minería, como muchas actividades industriales, tiene grandes riesgos. El tema no es si la minería es buena o mala per se, sino cómo se maneja”, y me refería a páginas web y a un experto en ese tema específico. No le he escrito a esta persona ni he tenido tiempo de investigar sobre minería abierta. Lo haré y aclararé mis ideas en ese tema. Si crea desastres, seré un opositor férreo; si no es así y hay vías para llevarla de manera sustentable, también lo haré ver.
Sin embargo, en estos temas –política eléctrica o política minera– no tomaré como opiniones válidas ni la de la Iglesia, ni las de grupos ecohistéricos como Madreselva, ni la de las compañías mineras. Me explico: Primero, la Iglesia no sabe de estos temas.
Segundo, la Iglesia y los grupos de activismo ambiental no son consistentes entre lo que predican y como actúan. Tienen una retórica anti- explotación petrolera y anti-minera, pero consumen combustibles y productos mineros como cualquiera de nosotros. Andan en carros en lugar de moverse en bicicletas o a pie, viven en casas que usan hierro y no en casas de madera, y más. La Iglesia, por ejemplo, muy bien podría promover que todas las iglesias del país, las universidades y colegios católicos tuvieran generación vía paneles solares, pero no han movido un dedo en esa dirección. Lo mismo aplica para grupos de activismo ambiental.
Tercero, tampoco confiaré en las opiniones de las compañías mineras que persigan la explotación a cielo abierto pues, obviamente, esa actividad es la razón de su negocio. Con tal de conservar la esencia de su rentabilidad van a empaquetar con el mejor de los envoltorios cualquier contenido, por pésimo que fuera. Continuaré.
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