Esto de la pruebita debería ser obligatorio y un asunto público.
Méndez Vides
El Ministerio de Educación propuso la realización de una evaluación nacional para enfrentar la verdad sobre nuestro nivel académico actual. No sería de extrañar que el resultado general nos ubique al nivel de los caníbales, porque en las últimas décadas se derrochó el erario en botas de militares, en armas, en financiar la tortura y persecución de la gente inteligente, o en el robo institucionalizado. No quedó espacio para lo importante. Tal vez ahora, ya en paz y embarrados en el lodo del atraso, cambia por fin la formulita y el país empieza a invertir en educación.
Para la susodicha medición se organizó todo un plan cívico de movilización estudiantil, a pesar de la resistencia de algunos establecimientos que no quieren que se les cuenten las costillas, que prefieren operar a ciegas antes que exhibir sus miserias. Algunos alegan que no se les concedió tiempo suficiente para preparar a los alumnos, cuando todos sabemos que el que sabe nadar no necesita tecomates, y que quien aprende a montar bicicleta ya no lo olvida jamás. El Ministerio se puso a jugar política para calmar las aguas y prometió ocultar los resultados, o tratarlos confidencialmente, lo que me parece un grave error. Esto de la pruebita debería ser obligatorio y un asunto público: que cada institución reciba la gloria o el guantazo, para que se entienda que así como existen colegios privados elitistas que brindan formación académica de primer mundo, hay otros que son una farsa, una trampa para vender títulos que no acreditan conocimientos acorde. Y lo más relevante será dibujar en comparación la realidad de la educación pública, para que se vea bien a dónde van a parar los recursos de una nación pobre que necesita formar algo más que cargadores de bultos en el mercado. Los resultados de la prueba deberían hacerse públicos, para que los padres de familia sepan qué tan burros o geniales son sus hijos, y que tan tristes o excelentes los establecimientos escogidos para su formación, así como qué tan buenos o malos son los maestros encargados de su enseñanza. Provocar la competencia como recurso para ir limpiando y definiendo responsabilidades.
Es una verdadera lástima pensar que estudiantes talentosos se estén perdiendo hoy en día en los laberintos de un sistema limitado y poco estimulante. A estos muchachos se les debería congregar en instituciones superiores a costa del Estado, sin distinción de clase social; así como a los mejores docentes, beneficiados substancialmente, porque de ellos depende que esta nave flote y llegue a un mejor destino. La educación pública es inversión, y debería ser ejemplar y la más exigente porque está siendo subsidiada. Para quienes no den la talla están los institutos técnicos, o la posibilidad de los colegios privados. El recurso es limitado y la necesidad enorme, y por lo mismo es una verdadera lástima el desperdicio.
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