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Siervo bueno y fiel

Fue hombre de carácter bondadoso y acogedor.

Por: Gonzalo De Villa

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A ORLANDO SACASA, IN MEMORIAM

El día de ayer dimos cristiana sepultura al padre Orlando Sacasa S.J. Sus últimos meses sufrió un cáncer que lo fue minando. Nacido en León, Nicaragua, pasó 50 años de su vida en Guatemala, de ellos, 33 en Quetzaltenango. Sacerdote, jesuita, educador y caballero. Esas cuatro palabras creo que resumen la vida de un hombre de bien dedicado a hacer el bien. Llegó a Guatemala en 1954, y su primera etapa acá transcurrió en el Liceo Javier, colegio del que fue rector en dos ocasiones. Pero fue mucho más que eso: fue profesor, acompañante, educador y formador de juventudes. Cercano a los padres de familia, sus años del Javier fueron años de entrega y de dedicación.

Tras un breve paréntesis en su Nicaragua natal, regresó a Guatemala, y esta vez a Quetzaltenango, en donde trabajó en y desde las facultades de Quetzaltenango de la Universidad Rafael Landívar por más de 30 años. También allá fue director de las facultades por un tiempo. Pero dedicó la mayor parte de su tiempo a la docencia universitaria. Muchas generaciones de quetzaltecos y de estudiantes de todo Occidente pueden testificar de su bondad, de su sabiduría, de su paciencia y de su entrega generosa, día a día, año con año, en las aulas universitarias.

El suyo fue el primer doctorado honoris causa de la Universidad conferido por el Consejo Directivo de la Universidad durante mi recién concluido rectorado. Tuve el honor de presidir la ceremonia en Quetzaltenango, hace ya cinco años, en la ciudad a la que dedicó amor, entrega, caballerosidad y bondad. Pude ese día apreciar su popularidad y lo querido que era en la ciudad de Los Altos.

Si dedicó su vida a la educación en colegios y en la universidad es porque la educación fue el apostolado de su vida. Buen religioso, hombre piadoso y sacerdote intachable, el padre Sacasa dedicó también tiempo a atender distintas capellanías en la ciudad de Los Altos, especialmente en el convento de las madres de La Cruz.

Fue hombre de carácter bondadoso y acogedor, caballeroso siempre, respetuoso de todos. Los muchos que lo conocimos, lo quisimos. En Quetzaltenango son muchos los que lo han llorado porque se hizo uno más entre los quetzaltecos. Recibía a todos los que lo buscaban, y eran muchos, con afabilidad, con cordialidad, procurando ayudar siempre, fuera en problemas académicos, fuera en temas humanos o en consejería espiritual.

De fe recia y de piedad tierna, su amor a Jesús fue durante toda su existencia el eje vertebrador de su vida y de su entrega. Su sacerdocio, en el que vivió durante 53 años, fue siempre el corazón de su apostolado. Su muerte, después de una cruel enfermedad, significa descanso pero, sobre todo, momento del premio al servidor bueno y fiel. Descanse en paz.
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