El Ejército de Guatemala está enfermo porque se permitió lacras en sus filas.
Edgar Leonel Godoy Samayoa
Desde hace varias semanas se han incrementado los comentarios en los diferentes medios de comunicación sobre señalamientos de corrupción y malos manejos de los fondos asignados al presupuesto del Ministerio de la Defensa Nacional.
Es sumamente lamentable que la Institución Armada haya dejado pasar esta oportunidad para demostrarle a la opinión pública y especialmente a sus detractores que, como en todas las instituciones, existen buenos y malos, y que el Ejército no puede ser la excepción. Desafortunadamente, el gobierno del mal recordado Alfonso Portillo permitió que personas sin escrúpulos, faltos de ética y marginados dentro del Ejército, llegaran a ocupar los altos mandos de la institución.
Desde hace años le envié una carta abierta al presidente Portillo, donde le señalé que se había equivocado y que estaba provocando el desprestigio de la institución por la corrupción que se estaba permitiendo. En esa oportunidad también le manifesté el error en el que se estaba incurriendo al nombrar a sus amigos de infancia. Ahora los resultados están a la vista, el tiempo me ha dado la razón, pero el desprestigio lo sigue cargando una institución que ha sobrevivido durante más de 125 años con una Escuela de formación para Militares de las más prestigiadas en Latinoamérica. Por ello resulta lamentable y provoca escándalo que personas de allí egresadas se vean involucradas en actos de corrupción por la mala administración de los bienes que el Estado les confió.
El Ministro de la Defensa debe permitir que se investigue abiertamente lo que se hizo con los recursos económicos que manejó dicho Ministerio durante el gobierno de Portillo; no se debe escudar en el secreto que manifiesta la Constitución, puesto que no existe una ley que regule la clasificación de documentos. En el caso del Ejército de Guatemala, no se ejecutan inversiones que se clasifiquen como secreto, ya que esto sólo podría darse en programas de investigación de carácter bélico o de algún tipo de arma sumamente peligrosa y que pueda servir para atacar o destruir a otro país, o bien actividades que colocaran en peligro al Estado.
El Ejército no ejecuta alguna de estas acciones, entonces, por qué querer ocultar lo que otros hicieron. Creo que dejaron pasar una gran oportunidad para demostrar quiénes fueron los corruptos o los que se prestaron a la corrupción de Portillo y que deben ser castigados. Ocultar la realidad y proteger a sinvergüenzas no ayuda a darle prestigio a la Institución Armada, sino que todo lo contrario. El Ejército está enfermo porque se permitió lacras en sus filas, por lo tanto, necesita ser atendido y, como suele suceder muchas veces, a los enfermos hay que hacerlos sufrir con cirugías dolorosas para que sanen y vuelvan a ser activos y productivos. Creo que el Ejército necesita una cirugía mayor para sanar y castigar a todos estos malos hijos que en un momento de ambición se les olvidó que, dentro de nuestra formación, los castigos más severos en el reglamento de sanciones de la Escuela Politécnica son: robar, mentir y herir la dignidad de otra persona; cometer esas faltas siempre fueron motivo de expulsión de nuestra Escuela. Hoy pretenden escudarse en una falsa interpretación de la Ley, para evitar que la justicia los sancione por lo que hicieron. A ustedes les recuerdo lo que un instructor siempre inculcó, y decía: “¡A lo hecho, pecho!” Asuman su responsabilidad.
Las personas que deshonran la institución deben ser castigadas, para prestigio del Ejército y como escarmiento para que no vuelva a suceder un escándalo de esa magnitud.
Señores jueces, deben proceder con todo el peso de la Ley, los buenos militares se lo agradecerán. Continuará
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