Allá por 1987, caminando por una calle del coloso del Norte, con el que estamos prestos a firmar un Acuerdo de Libre Comercio, me topé, en una librería con la recién publicada Carta Pastoral de los Obispos Norteamericanos sobre La Enseñanza Social Católica y la Economía estadounidense. ¿Por qué escribimos y por qué nos manifestamos?, replicaban los altos jerarcas. “Escribimos para compartir nuestras enseñanzas, para desafiarnos, el uno con el otro, a vivir nuestra fe en el mundo”. Interesante reflexión que se acompañó de otras como la que sigue: “Escribimos como herederos, como seguidores de Cristo, quien nos dijo en el Sermón de la Montaña: benditos sean los débiles…, benditos los que padecen hambre y sed de justicia…, ustedes son la sal de la tierra…, ustedes son la luz del mundo”.
En la Carta Pastoral, los obispos desnudan a la economía estadounidense, se atreven a predecir el futuro, reaseguran la visión cristiana de la vida económica, focalizan en temas del momento, y lo que es más: proponen una nueva partnership, un nuevo experimento por el bien público. En su visión, y preparando el terreno, los altos prelados aseveran que “lo que Cristo predicó en palabras, lo vivió en su Ministerio”. El gran líder resistió tentaciones de poder y de prestigio, y siguió la voluntad de su Padre. Además, “nos previno de esa intención de atesorar cosas materiales en la tierra” ( Mateo 6:19, citado por los obispos): “Cristo exhortó a sus seguidores a no mostrar ansias sobre lo material, pero sí a buscar el reino de Dios y la justicia” ( Mateo 6:25-33, citado por los obispos).
Con estas inspiradoras guías morales ya nos imaginamos lo que los obispos habrían de proponer: una búsqueda del pleno empleo, políticas tecnológicas adecuadas y en respeto con la naturaleza, orden en la organización económica estadounidense, y acciones para combatir la recesión económica, en adición con políticas activas a favor de la discriminación en el empleo, programas de acción civil afirmativa y de entrenamiento y capacitación a favor de los pobres urbanos. Además: política activa de vivienda.
Las respuestas de todos tipos y colores no se hicieron esperar, el sector que se sintió dolido por las pedradas las tildó de “populistas”, “trasnochadas” y lo que es más, de “colectivistas” e “inoperantes”. Dicho sector fue enfático en afirmar que mientras los fines y las buenas intenciones de los obispos son lógicas y justificadas, los medios seleccionados son nefastos: tan sólo los individuos, voluntariamente, indicaron los más influyentes y poderosos, pueden ayudarse entre sí, mediante transacciones y acuerdos en un clima de mercados libres y libre competencia.
No sé por qué todos estos recuerdos me hacen recordar ciertas cosas que están pasando en Guatemala. En mi opinión particular, el bullicio actual no se ha generado de problemas con hidroeléctricas ni minería a cielo abierto. Se trata de exigencias más profundas, y su solución requiere de sabiduría y sensatez, pues solamente conciliando las ideas que endulzan las intenciones de poderosas entidades como el Banco Internacional JP Morgan, comprador apetitoso de nuestros Eurobonos, y los efectos que estas políticas tienen en los que están más jodidos en el medio, podremos llegar a un adecuado balance entre la eficiencia que unos exigen y la equidad que afecta a la mayoría.
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