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Guatemala, domingo 03 de octubre de 2004

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Opinión:

Defensa de los partidos

El otro día escuché en la radio a un líder social que denunciaba a los partidos por el acuerdo que lograron en la elección de magistrados.

Edgar Gutiérrez

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
El otro día escuché en la radio a un líder social que denunciaba a los partidos por el acuerdo que lograron en la elección de magistrados. Criticó severamente la componenda y emplazó al Congreso a ventilar la materia sucia de la transa.

La anti-política brota emotiva e inconsciente en la sociedad. Claro, abundan razones para señalar a los partidos: no son espacios de deliberación programática, carecen de criterio sobre la mayoría de temas importantes del país, son clientelares, meras máquinas eleccionarias, sofocan la democracia interna, no median ni procesan las demandas sociales. Ineficaces y soberbios. Onerosos nidos de corrupción y abuso. O sea, está fundada la desconfianza y el descrédito general hacia ellos.

Pero cuando hacen su trabajo –como tejer acuerdos amplios y procurar la gobernabilidad democrática– hay que reconocerlo, aunque el resultado no sea exactamente el deseado. El problema de la descalificación de los partidos es: ¿con qué nos quedamos? Medio mundo reivindica la democracia, pero ¿quiénes, si no los partidos, son los pilares de ese sistema, y la política su lenguaje? Digo política en contraposición al método del aplastamiento de quien no tiene iguales intereses a los míos.

Si éstos no son los partidos que queremos, procuremos construir otros: programáticos, ideológicos, democráticos, que cobijen a estadistas y gente proba. Pero no tiremos el agua sucia de la bañera junto con el niño. Las consecuencias son –han sido– nefastas. No es la sociedad marginada ni quienes procuran reformas sociales los que ganan con partidos débiles. Son los poderes fácticos, cuya racionalidad no es (ni debe ser) la supervivencia de la nación, el respeto de las culturas ni la mayor equidad.

La tecnocracia no salva el problema. El tecnócrata se especializa en el “cómo”. El político debe decir el “qué” y responsabilizarse de las consecuencias. Tampoco se vale hacer política defenestrando políticos. La preocupación, en todo caso, debiera ser renovar y fortalecer a los partidos, y hacer de la política el lenguaje del poder democrático. El mayor riesgo de este período es la inexistencia de tradición partidaria, de instituciones políticas estables, prestigiosas, referentes de participación.

Paradójicamente, durante el período autoritario, signado por represión y fraudes, hubo partidos enraizados entre la población con identidad ideológica (MLN, DC, PR, PGT). Había clase política, dirigentes nacionales. ¿Cuál fue la condición de su derrota, al margen de la violencia y las ideologías? La absorción de la racionalidad política por el cortoplacismo y privilegios de los poderes fácticos. Si el fragmentado liderazgo social actual no alienta o transita hacia partidos renovados, por mejores intenciones que lo animen, poco aporte dará al Estado de Derecho y a la equidad; su capital político irá a los poderes fácticos. Claro, está el recurso del facilismo: la culpa es del Gobierno y los partidos.
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