Cuando elPeriódico se lanzó a la innovación de abrir en su página web de internet un espacio debajo de las noticias y de las columnas de opinión para que los lectores puedan enviar comentarios alusivos a sus contenidos, expresé que eso no se vale porque es arriesgado y peligroso en un país donde existen abismales diferencias entre las clases sociales, educativas y culturales y hay muchas personas maleducadas, cobardes, envidiosas, rencorosas, resentidas e ignorantes que se esconden detrás de un nombre falso para dar salida a sus antipatías y resentimientos personales contra los autores que les caen mal y a algunos hasta les odian por diversos motivos. Previne del peligro que hay en que eso pudiese convertirse en un desagüe de insultos anónimos contra quienes, plenamente identificados con sus nombres y apellidos y sus ejecutorias, nos atrevemos a expresar lo que pensamos sobre los diferentes temas que abordamos. Y así ha sido, en efecto. A pesar de que se advierte a quienes hagan uso de esa facilidad que antes de enviar sus comentarios tomen en cuenta que se removerán los mensajes que sean firmados como anónimos, con seudónimos o sólo iniciales; presenten nombres incompletos o direcciones de correos inválidas; utilicen palabras soeces; sean extremadamente largos; o estén fuera de tópico. Pero estos requisitos no se observan y no ha habido identificación posible. La mayoría de los comentarios han sido anónimos con irrespetuosas descalificaciones personales, calumnias, bajezas e insultos. Además, algunos de los textos han sido demasiado largos.
Es fácil para cualquiera comprender que después de haber dedicado medio siglo al periodismo combativo, como columnista en la mayoría de los diarios del país, con un estilo excesivamente franco y directo, una persona como yo se ha hecho de antipatías y de enemigos irreconciliables. Quienes hayan vivido durante esos años saben que en mis columnas he denunciado y criticado las medidas arbitrarias, ilegales, inconvenientes y corruptas de algunos malos funcionarios de los regímenes que se han sucedido (incluyendo a los militares); y, como es fácil comprender, con ello me he ganado antipatías y enemistades. Motivo por el cual no me sorprende que cuando tienen oportunidad de descalificarme e insultarme en forma anónima, sin exponerse a que les responda lo que se merecen, aprovechen esa sección para expresar sus resentimientos sin correr el riesgo de ser identificados y recibir la respuesta merecida.
Pero en vista de que elPeriódico siguió empeñado en mantener esa sección, a pesar de lo arriesgada y peligrosa, decidí que en adelante iba a “chatear” de manera cordial y constructiva con quienes expresasen opiniones diferentes y contrarias a las mías; pero advertí que mis respuestas iban a ser de acuerdo al respeto de los autores de los comentarios. Y lo comencé a hacer, con mucho gusto, a pesar de que ciertos anónimos no merecían otra respuesta que una sonora mentada de madre.
Sin embargo, el viernes pasado un cobarde que usó el nombre José Bollat envió unos insultos calumniosos contra mí, los cuales fueron mantenidos largo tiempo sin ser removidos de la página web, por lo que dije al colega Juan Luis Font, director de elPeriódico, que no iba a tolerarlo más. Debido a lo cual fue retirado debajo de mis columnas el espacio para enviar comentarios. Lo que, lamentablemente, impedirá seguir respondiendo los comentarios de los lectores respetuosos que cumplen las especificaciones. Lo siento, porque creo que pudo haber sido un experimento interesante, aunque me habría quitado mucho tiempo.
Protesto de la manera más enérgica porque un caballero de tan avanzada edad y reconocida cultura como mi viejo amigo el doctor Rigoberto Juárez Paz, embajador de El Jícaro City, haya sido insultado el sábado pasado por un anónimo que usó el nombre Fidel Castro (espero que no lo vayan a llamar seudónimo) y se haya tenido el insulto largo tiempo debajo de su columna ¿Por qué estamos como estamos? Como dije desde el principio, este experimento no se puede hacer en un país en donde hay tantos maleducados, envidiosos, resentidos y cobardes. Quienes quieran opinar deben identificarse plenamente.
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