Hoy en día agoniza en medio de la apatía de los guatemaltecos.
Hugo Maúl R.
¿Qué hacer cuando nada funciona? Cuando se han intentado todas las soluciones y ninguna de ellas da resultados. Más soluciones ya no se nos ocurren, salvo que pudiéramos “hacer” de nuevo a los guatemaltecos. Que conste que no hago referencia a Guatemala, sino a un tiradero clandestino de basura en la línea del ferrocarril. Hace años creímos que todo se solucionaba haciendo “conciencia” entre la comunidad. De nada sirvió, los que tiraban basura no eran parte de ella. Ni modo, nadie “ensucia” su propio patio trasero. Después intentamos convencer a los infractores. Tampoco dio resultados; según ellos, no es responsabilidad del vecino mantener limpias las calles. Ya cansados, decidimos usar la fuerza; solicitamos permiso a la Municipalidad para colocar un rótulo indicando las multas por tirar basura en la calle. Otro esfuerzo inútil, ni las multas ni las citaciones al Juzgado de Asuntos Municipales atemorizaron a los que tiran basura de manera clandestina.
En vista de que todo falló, no quedaba más que el poder divino: construimos un altar a la Virgen de la Asunción a un costado del basurero. Al menos, supusimos, nadie va a tirar la basura enfrente del altar. Casi acertamos; aunque el basurero no desapareció por completo, la disminución fue notoria. Incluso, algunos sostienen que hubo milagros. Como era de esperar, incluso el poder divino tiene sus límites. Al cabo del tiempo, el “milagro” desapareció; se robaron la imagen de la Virgen. Luego le arrancaron la cabeza a la imagen que llegó en reemplazo. Finalmente, destrozaron a la Virgen y su altar, y, para colmo de males, quienes antes colaboraban y respetaban, ahora tiran su basura en el tiradero clandestino. Es decir, frente a sus propias casas.
En términos económicos, la explicación es sencilla: el basurero se encuentra en “tierra de nadie”. Aunque formalmente la línea pertenece a la nación, nadie ejerce el derecho de propiedad y, por tanto, nadie cuida de ella. Ésta podría parecer la explicación última, sin embargo, creo que la historia anterior nos dice algo más. Algo que la propia línea nos tiene que decir. Hace años todo mundo la respetaba, incluso la reverenciaba. Hasta hace poco, nadie cruzaba la 12 avenida sin preguntarse antes por el ferrocarril. La línea se hacía sentir, luces intermitentes, silbatos de trenes y múltiples avisos nos recordaban de su existencia. La que un día fue testigo del anhelo de modernidad de Guatemala, de un país que soñó con ser distinto, hoy en día agoniza en medio de la apatía de los guatemaltecos. ¡Cómo se parece Guatemala a su línea del ferrocarril!
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