La minería ha sido siempre una actividad económica que ha generado riquezas, pero también destrucción. La distribución de esas riquezas siempre ha sido también profundamente desigual y excluyente. La llegada de los conquistadores en el siglo XVI significó, en una primera generación, la búsqueda desenfrenada de metales preciosos. Encontrarlos, explotarlos y hacerse ricos era uno de los afanes primordiales de esa generación inicial de conquistadores.
Uno de los indicadores sobre la importancia de las distintas provincias que se fueron constituyendo en la primera mitad del siglo XVI estribó precisamente en la abundancia o escasez de metales preciosos. Perú y México resultaron los lugares de mayores yacimientos y ello condicionó, en buena medida, la atracción hacia esas provincias de un mayor número de conquistadores. Centroamérica no resultó en ese siglo un lugar especialmente prometedor para esos buscadores de metales, con la modesta excepción de Honduras. Ello signó entonces que el entramado colonial de Centroamérica se constituyera mucho más en torno a la tierra y al trabajo forzado de la población indígena.
La vocación agrícola de Centroamérica, en la larga entrada a la modernidad y al capitalismo, fue más el resultado de ausencia de alternativas que la expectativa de que la agricultura fuera a ser el motor de desarrollo económico de la región.
Como colonia fuimos, precisamente por la ausencia de metales preciosos, una colonia pobre y que tendía más al estancamiento económico que al desarrollo, aunque fuera profundamente desigual, como ocurrió por ejemplo en México.
La pobreza económica de la colonia se expresó incluso en términos étnicos. Entre nosotros, la esclavitud de africanos fue siempre marginal. La diferencia con dos países de raigambre indígena como Ecuador y Perú, nos indica que allá sí se dio sin embargo un importante poblamiento de origen africano. Ello pudo ser así, con todo el lastre de horrores que conllevó, porque se generó en esos lugares la riqueza suficiente, fuera de la agricultura, para poder competir en el negro mercado de la esclavitud.
En nuestra época, la minería plantea también retos, dilemas e interrogantes que conviene abordar de manera global. Hay preguntas sobre el medio ambiente y los daños que a éste se le hagan que no podemos ignorar. Hay también preguntas sobre el modo de repartir el beneficio económico que la minería, como actividad, indudablemente generaría. Toda inversión espera lógicamente retorno, pero también hay que ponderar con cuidado los beneficios reales y no simplemente los presuntos para el país y la región. El tema es hoy de urgencia nacional y por ello necesitamos juicios que atiendan a todos los aspectos de la problemática. Para ello tenemos que darle la palabra, en primer lugar, a expertos que conozcan y puedan dar juicios sin más interés que el de la nación. A ello nos encaminamos, y me parece que esto debe ser bienvenido.
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