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laColumna: La telenovela

De putas y redentores

Este asunto de las putas y el incidente de Futeca me ha resultado más interesante que los debates de los candidatos a la presidencia en Estados Unidos porque roza uno de los temas tabú de nuestra sociedad y es una muestra de cómo nos relacionamos.

Por: Arturo Monterroso

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Este asunto de las putas y el incidente de Futeca me ha resultado más interesante que los debates de los candidatos a la presidencia en Estados Unidos porque roza uno de los temas tabú de nuestra sociedad y es una muestra de cómo nos relacionamos. Además es nuestro espectáculo. Es obvio que no vivimos en una sociedad abierta sino todo lo contrario y no creo que inscribir a un equipo de fútbol de prostitutas en Futeca haya tenido otro objetivo que el de provocar una afrenta. ¿O se esperaba una reacción diferente? Más allá del candor o la malicia, utilizar a Las Estrellas en un evento cuyas consecuencias se sabían de antemano, fue faltarles el respeto. A menos que la inscripción del equipo haya sido algo espontáneo, un inusitado acto de transgresión fraguado por las putas de la línea, o que hayan acordado un precio por su participación o un porcentaje de las ganancias del reportaje, en cuyo caso hablamos de negocios. ¿O era un acto de redención?

En ese relato de Kenize Mourad, donde narra la historia de su madre que arranca en las postrimerías del imperio otomano, dice Selma —una niña preocupada por la invasión de las potencias occidentales a Turquía, después de la primera Guerra Mundial— que “se tranquilizaba pensando que se nace pobre o rico, que se nace negro o blanco, que el mundo está dividido así y que, felizmente, ella se encuentra en el lado conveniente”. Muchas personas continúan pensando de esa forma y nada quieren saber del lado oscuro de la vida que, paradójicamente, alimenta al lado luminoso, pues, ¿de dónde vienen las sirvientas, los obreros y los campesinos sino del lado pobre del mundo? Ese mismo lado de donde vienen las putas para vender placer a muchos de los hombres que se encuentran en el lado conveniente.

No creo que la prostitución sea un oficio como otro cualquiera porque reduce a la persona a la condición de objeto. La mujer se ve obligada a entregar su cuerpo a cambio de dinero para poder subsistir, no a cambio de placer. Esto es sin duda lo que sucede en la mayoría de los casos. Y todo aquello que uno hace en contra de su voluntad, forzado por la necesidad, es doloroso. Sobre todo, cuando va unido a la explotación, la enfermedad y la violencia. Claro que si alguien ejerce el oficio con absoluta libertad está en su derecho. Esto me recuerda aquel relato que termina con la frase: ¡Soy puta porque me sale de los cojones! ¿No era ese un cuento de García Márquez?

En mis tiempos del colegio Don Bosco, un cura había agarrado la manía de seguir a los muchachos, sobre todo a los que se capeaban, para ver si iban con rumbo a la 18 calle, famosa en ese tiempo por sus numerosos prostíbulos. Muchos iban sólo a ver, asustados de la posibilidad de descubrir el sexo, pero algunos se aventuraban en esos cuartitos hundidos en la penumbra y la pobreza. Los más sólo miraban la calle de lejos pero siempre se corría el peligro de terminar en la lista de los expulsados. Los curas nunca nos explicaron qué era el sexo ni quiénes eran las putas. Mucho menos hablarnos de enfermedades venéreas. Afortunadamente aún no existía el sida. La mujeres eran nuestras santas madres o estaban prohibidas. Y las muchachas que conocíamos tenían categoría de ángeles aunque, como nosotros, se morían de ganas por tener un orgasmo. “Dentro de ti, amor mío, por tu carne, ¡qué silencio de trenes boca arriba!”exclama García Lorca en uno de sus poemas de Nueva York.

Las putas eran el demonio. Habíamos empezado el largo camino de la culpa. “…y María de Magdala, con los senos cubiertos de sudor, el pelo suelto que parecía echar humo, la boca túmida, ojos como de agua negra, No te unirás a mí por lo que te enseñé, pero quédate esta noche conmigo. Y Jesús, sobre ella, respondió, Lo que me enseñas no es prisión, es libertad”. Eso imagina Saramago en El Evangelio según Jesucristo.

Guatemala, 7 de octubre de 2004
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