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Antes de irse a trabajar, Mercy deja lavados los trastos, al hijo pequeño en la escuela, al grande haciendo deberes y al marido desayunado.
El trabajo le queda enfrente de la casa. Sólo tiene que dar unos cuantos pasos, atravesar los rieles del tren y quitarle candado a su pequeño cuarto. Allí dibuja sus cejas, suelta su pelo, se mete en un vestido corto, se sube en un par de sandalias y se apuesta junto a la puerta para esperar a los clientes.
Su jornada comienza a media mañana. A esa hora ya hay decenas de mujeres con las faldas transparentes y las piernas al aire, empeñadas en atraer la atención de quienes desde temprano recorren la angosta calle en busca de sus servicios.
Son tres cuadras paralelas a La Línea del tren, entre la 7a. y 10a. calles de la zona 1, las que reúnen a diario, y de lunes a domingo, a más de un centenar de prostitutas de diferentes edades, rasgos y nacionalidades.
El sector ha sido el lugar de trabajo de Mercy desde finales de los 80. Tenía 15 cuando llegó huyendo de El Salvador porque estaba embarazada y la familia del novio quería quitarle al niño. La joven tomó un bus a Guatemala. Durante el viaje conoció a una muchacha que le ofreció un lugar en dónde dormir y un trabajo bien pagado.
La llevó a La Línea y allí le explicó en qué consistía el empleo: tendría un cuarto cuyo alquiler era de Q2 al día y debía acostarse con los hombres y cobrarles Q3 por el servicio. El dinero sería para ella.
Después de pensarlo y llorar más de una semana, Mercy aprendió a quitarse el miedo, la pena y la ropa. Su hijo iba a cumplir dos años cuando conoció, allí mismo, a Carlos. Desde hace 15 años están juntos.
La pareja y los dos hijos viven a pocos metros del cuarto en donde trabaja Mercy. Carlos es pintor de casas y es usual que si no está trabajando, se siente en la banqueta a contarle el tiempo a su mujer cuando está con un cliente, y a asegurarse de que no se tarde más de los 10 minutos reglamentarios. A pesar de que ha pasado el tiempo, dice, todavía se pone celoso.
Valeria también quisiera retirarse, pero su marido es miembro de la mara Salvatrucha y está preso desde hace cuatro meses, acusado de asesinato. Mientras llega a juicio, la joven trabaja para mandarle dinero a sus dos hijos que viven en El Salvador, pagar alquiler, comida, celulares y abogado. Su plan, si su pareja sale libre, es poner con él una piñatería. Pero si lo condenan, Valeria sólo sabe que seguirá en La Línea.
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