Actualidad: Edición Dominical“Nos dicen las de la línea“Lo que muestran debajo de sus transparencias es acaso lo único que se dejan ver sin tapujos. Por: Paola Hurtado
Antes de irse a trabajar, Mercy deja lavados los trastos, al hijo pequeño en la escuela, al grande haciendo deberes y al marido desayunado.
El trabajo le queda enfrente de la casa. Sólo tiene que dar unos cuantos pasos, atravesar los rieles del tren y quitarle candado a su pequeño cuarto. Allí dibuja sus cejas, suelta su pelo, se mete en un vestido corto, se sube en un par de sandalias y se apuesta junto a la puerta para esperar a los clientes. Su jornada comienza a media mañana. A esa hora ya hay decenas de mujeres con las faldas transparentes y las piernas al aire, empeñadas en atraer la atención de quienes desde temprano recorren la angosta calle en busca de sus servicios. Son tres cuadras paralelas a La Línea del tren, entre la 7a. y 10a. calles de la zona 1, las que reúnen a diario, y de lunes a domingo, a más de un centenar de prostitutas de diferentes edades, rasgos y nacionalidades. El sector ha sido el lugar de trabajo de Mercy desde finales de los 80. Tenía 15 cuando llegó huyendo de El Salvador porque estaba embarazada y la familia del novio quería quitarle al niño. La joven tomó un bus a Guatemala. Durante el viaje conoció a una muchacha que le ofreció un lugar en dónde dormir y un trabajo bien pagado. La llevó a La Línea y allí le explicó en qué consistía el empleo: tendría un cuarto cuyo alquiler era de Q2 al día y debía acostarse con los hombres y cobrarles Q3 por el servicio. El dinero sería para ella. Después de pensarlo y llorar más de una semana, Mercy aprendió a quitarse el miedo, la pena y la ropa. Su hijo iba a cumplir dos años cuando conoció, allí mismo, a Carlos. Desde hace 15 años están juntos. La pareja y los dos hijos viven a pocos metros del cuarto en donde trabaja Mercy. Carlos es pintor de casas y es usual que si no está trabajando, se siente en la banqueta a contarle el tiempo a su mujer cuando está con un cliente, y a asegurarse de que no se tarde más de los 10 minutos reglamentarios. A pesar de que ha pasado el tiempo, dice, todavía se pone celoso. Actualmente, la tarifa básica de un servicio en la línea es de Q20. El pago le da derecho al cliente de 10 minutos de lo mínimo: “sexo vaginal, sin tocar”, describe Maribel, una trabajadora de 42 años que labora en la primera cuadra. Si el cliente quiere más servicios, los debe pagar como adicionales y por adelantado. Conceder una pose cuesta Q5; quitarse la blusa, Q10; dejarse tocar, 10; dar sexo oral, Q30; 5 minutos más de tiempo, Q10. “Incluso por la fingida de un orgasmo se pide Q20 y así podemos sacar por una ocupada de Q70 a Q100”, hace cuentas Andrea, conocida como La China. Sin embargo, hay peticiones que las trabajadoras no atienden a ningún precio, como besar en la boca, hacer caricias y ocuparse sin condón. Esos privilegios los reservan para su pareja sentimental, como una clara diferenciación de lo que consideran trabajo y afecto. Los ingresos de las trabajadoras de La Línea son muy variados. En un mal día se ocupan de 5 a 7 veces, que equivale a Q150 o Q200, mientras que en días buenos sacan de Q300 a Q400. El alquiler del cuarto les cuesta Q40 diarios. En sus seis meses de trabajar en La Línea, Erica, una joven de 27 años de edad, de ojos café claro y figura rellena, tuvo un día que no le llegó ni un cliente y otro tan bueno que se fue a su casa con Q800, después de 40 servicios. Erica es secretaria comercial. Dos años atrás era oficinista con un salario de Q800 al mes. En esa época, al esposo se le trabaron las carretas con una deuda por la que había hipotecado la casa. Ella buscó en los periódicos empleo y le llamó la atención uno para mesera, el cual ofrecía Q2 mil a la semana. “Es para puta”, le explicaron cuando fue a preguntar. Lo pensó tres meses hasta que se animó. Le dijo al esposo que le habían subido el sueldo en el trabajo. Al marido de Erica lo mataron el año pasado por robarle el picop. Ella trabaja ahora mientras la suegra, quien no conoce su oficio, le cuida a las dos hijas. Para aguantar la jornada dice que cierra los ojos y espera a que el hombre termine. Mientras tanto, no ha dejado de mandar currículos a empresas. La oferta más alta ha sido de Q1,600. La norma de la regla La mayoría de trabajadoras de La Línea estuvieron antes en un bar o en una casa cerrada, en donde el servicio cuesta en promedio Q50, de los cuales Q30 son para la mujer y Q20 para el negocio. Por esa paga, el cliente tiene derecho a todo, dice Andrea, una sonriente salvadoreña. A las empleadas del bar las multan si hablan por teléfono, si leen el periódico o van mucho al baño. Y deben trabajar aunque tengan la regla. Fue en un bar donde Beatriz –una trigueña nicaragüense divorciada y mamá de ocho hijos– aprendió que para ocuparse con la menstruación se debe introducir en la matriz una esponja para que absorba la hemorragia, y al final del día ponerse de cuclillas para sacársela con los dedos. Las grandes diferencias con una casa cerrada es que en La Línea las mujeres deciden si quieren trabajar o no, pueden escoger a sus clientes, fijan sus tarifas y toda la ganancia es de ellas. Valeria, una joven de 27 años, que estuvo en tres bares antes de llegar a la zona 1, tiene por regla sólo laborar de 14:00 a 19:00 horas, no practica sexo oral, no se desnuda, no se ocupa con borrachos ni cobra menos de Q30. Cuando una mujer es recién llegada en La Línea, los clientes suelen hasta hacer cola. La novedad dura algunos meses y luego su ocupación empieza a ser como la del resto (de 5 a 10 por día) hasta que deben competir en iguales condiciones con las antiguas. Mientras más años tenga la mujer, menos exigente puede ser. En La Línea hay cerca de 10 mujeres mayores de 50 años, quienes pueden llegar a sacar en un día Q250, al igual que una veinteañera. La diferencia es que sus servicios son más amplios y sus restricciones menores. Cada 15 días, las sexoservidoras tienen derecho a consulta médica en el Ministerio de Salud, en donde les hacen evaluación general y les entregan 150 condones. Cada tres meses les realizan la prueba del sida y enfermedades venéreas. La Línea se mantiene atiborrada de curiosos que se apuestan sobre las paredes para ver a las mujeres con sus traseros que se salen de los bikinis, y los pechos que se cubren con encajes. Aunque la calle es lodosa, con olor a creolina y sin asfaltar, desde las primeras horas las transitan peatones, motoristas y pilotos de camiones y carros que estiran el cuello para ver adentro de los cuartos. Las habitaciones son minúsculas, separadas por paredes que no llegan al techo y dotadas de lo necesario: una cama –por lo general de colchoneta cóncava–, una mesa en donde se pone el rollo de papel y los preservativos, una cubeta con agua para que los clientes se enjuaguen después del servicio y un bote para echar los condones y el papel usados. Para escudar el negocio de las envidias, algunas mujeres acostumbran lavar el cuarto cada martes y viernes con una solución de 7 montes, Agua Florida, 7 machos, 3 cabezas de ajo y 21 limones verdes partidos en cruz. También recurren a pasarse sobre el cuerpo un huevo de pato, de gallina y de chompipe. Es normal que los clientes disminuyan cuando llueve y que se asusten por la constante vigilancia de la Policía. Pero siempre hay afluencia. Llegan niños de 12 años para perder la virginidad o ancianos de 70 para reencontrar su virilidad. Van los maridos de las mujeres que acaban de dar a luz, de las que no les gustan las poses, los infieles y los novios despechados. Los pandilleros suelen pedirle a las mujeres dinero. No es obligatorio darles, cuentan ellas, pero la que se los niega, corre el riesgo de que el marero entre a su cuarto y cargue con la ganancia del día. Y los que nunca faltan son los vendedores. Pasan ofreciendo de todo: atoles, tostadas, pintalabios, canastos, accesorios de cocina, candelas, ropa para bebé, miel, relojes usados (y robados) y cadenas. La mayoría de productos se ofrecen a crédito. Las mujeres deben dar pequeños abonos diarios, lo que hace que sea muy fácil endeudarse, en especial con los usureros que dan préstamos inmediatos con el 30 por ciento de interés. La Línea no es el lugar impenetrable, pero tampoco un tranquilo remanso. En la memoria colectiva se recuerda a cuatro mujeres asesinadas al menos en los últimos diez años. A una de ellas la mataron porque le robaba a sus clientes: mientras ellos se ocupaban, ella les sacaba con los dedos de los pies dinero de la billetera. Querer dejarlo Marina vive con su marido en el fondo de un barranco, a tres cuadras de La Línea. Tiene 62 años y abandonó La Línea hace 18. Ahora vive de hacerles mandados a las prostitutas, lavarles las sábanas y venderles preservativos. En un buen día saca Q40. Marina es alcohólica y ve sólo con un ojo. El otro se lo deshizo con el puño uno de sus amantes, en 1977, mientras reñían por Q600 que él le había sacado del ropero. “En mi vida tuve dinero, pero creía que todo el tiempo iba a ser igual. Que siempre que me gastara Q400 en licor, iba a poder reponerlos al siguiente día. Cuando sentí, me vine abajo y me di cuenta de que no hice nada”, dice. Marina y las sesentonas que aún trabajan en La Línea son el espejo en que las trabajadoras más jóvenes temen reflejarse. María, alias la Seca que ya cumplió 46 y atraviesa por la menopausia, dice que espera graduar a su hija de 13 años para retirarse. Andrea, de 33 y cuyos hijos creen que es peluquera, quiere trabajar algunos años más y volverse a El Salvador para abrir una pupusería. Beatriz, quien perteneció al Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua y es graduada de enfermera auxiliar, tiene planes de regresar a Nicaragua en mayo, casada con su novio. Pero a todas las frena el dinero. Sus maridos no ganan o no les pueden dar los Q5 o Q6 mil que ellas perciben al mes. “Iniciarse en la prostitución no es fácil, dice Marina. Pero más difícil es salirse. La mujer se acostumbra a tener dinero todos los días y a no depender de los hombres. Y no quiere resignarse a la pobreza”. “Dicen que somos de la vida alegre. Pero no tienen idea de lo duro que puede ser este trabajo en donde no se vale decir estoy cansada, menos si ese día no hay para la comida de los hijos”, dice Vilma, madre de siete. Valeria también quisiera retirarse, pero su marido es miembro de la mara Salvatrucha y está preso desde hace cuatro meses, acusado de asesinato. Mientras llega a juicio, la joven trabaja para mandarle dinero a sus dos hijos que viven en El Salvador, pagar alquiler, comida, celulares y abogado. Su plan, si su pareja sale libre, es poner con él una piñatería. Pero si lo condenan, Valeria sólo sabe que seguirá en La Línea. Agregar comentario: |
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