Opinión:Síndrome de populismoHay preocupación entre ciertas élites por la acechanza populista en Latinoamérica y lugares como Europa e India. Por: Edgar Gutiérrez
Hay preocupación entre ciertas élites por la acechanza populista en Latinoamérica y lugares como Europa e India. Asocian el populismo con revueltas de masas, líderes carismáticos sin ética de responsabilidad, desinstitucionalización, justicia redistributiva casi a cualquier costo, y pérdida de estabilidad macroeconómica.
Los estudiosos del fenómeno están de acuerdo con que el populismo en nuestra región –donde se ha presentado en su forma clásica, asociada a movilidad social y nacionalismo con Cárdenas y Perón, por ejemplo– es una expresión de mala salud de la democracia y desconfianza en sus mecanismos como eficaces remedios contra la marginación y pérdida de soberanía nacional. También se interpreta como una fórmula reactiva de quienes resultan perdedores netos de cambios brutales (esta vez, la globalización). En tal caso, es síntoma de inseguridad y aprehensión. El cuadrante ideológico del populismo no es exclusivo de izquierdas o derechas. La mayoría de veces ni siquiera se expresa como ideología (coherente), sino como estilo de gobierno con sus énfasis: contra élites egoístas y corruptas, instituciones anquilosadas y gravosas, y las conocidas formas opacas y “amorales” con que operan ciertos políticos. Se reivindica como democracia por el pueblo, plebiscitaria, sin mediaciones entre la gente y el líder que encarna el poder. Algunos piensan que se trata de una erupción correctora del sistema, pero otros creen ver un primer paso hacia la instauración autoritaria, en el que el reino de las necesidades devora el de las libertades. Una dificultad para entender el populismo es su amplia gama de dosis y límites (igual que la democracia); además, en las ciencias sociales no goza de estatus. Es un concepto evasivo. Por eso el uso indiscriminado del término y su adjetivación peyorativa confunden en lugar de dar luz. Y dan paso a ciertas paradojas entre algunos que se declaran antipopulistas. Aquéllos que proclaman lo antipolítico como código ejemplar, y expresan más de algún rasgo xenófobo como candado de seguridad. Que desprecian las instituciones (sobre todo los partidos), el Estado y los procesos. Y es que el populismo encuentra su caldo de cultivo no sólo en la pobreza y las insatisfacciones, sino en el déficit político/ institucional, las abrumadoras redes informales –clientelistas, patrimonialistas– y la expectativa creada de respuestas instantáneas ante demandas urgentes. Los políticos en campaña tienen algo de populistas, aunque luego por otros condicionamientos incumplan sus sobreofertas. De ahí la frustración popular y su creciente impaciencia. Por eso más vale contar con populistas auténticos, y no populistas conscientes que equilibrando Estado/mercado y sector público/privado, y alentando el ejercicio abierto de la política y la renovación institucional (desde escuelas hasta partidos), se pueden atajar la pobreza, la desconfianza y el miedo al futuro. Agregar comentario: |
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