Las sociedades mercantilizadas olvidaron beneficio social, tortilla compartida y solidaridad fraterna por el afán de lucro. En el mástil más alto flota libre al viento, la bandera de la explotación y escrita con letras de oro dolarizado, la consigna: hacer pisto a manos llenas y a como dé lugar. Aunque sea honradamente. Las empresas se fundan con el fin de meter uno y sacar diez, y cuando los márgenes de rentabilidad son más grandes, el empresario es ejemplo de buena administración y fiel cumplidor de las teorías neoliberales. La promesa: cuando la copa se derrame por optimizar la producción y el mercadeo, el beneficio llegará a la mara proletaria. La realidad: la copa sin fondo nunca se llena y el derrame no llegará jamás de los jamases. Nadie arriesga tiempo y capital en dar de comer al sediento y de beber al hambriento.
Dicen los neos que no hay almuerzo gratis ni buche de aguardiente sin poner el billete y somatar el mostrador. Todo lo que se mueve origina consumo de fichas y energía, y nadie da paso sin zapato tenis aunque sea de segundo hervor. La humanidad camina siguiendo la zanahoria en el palo y los dueños de la sartén lo saben y aprovechan la oscuridad del punto para, cuando es menester, cambiarla por otra más anaranjada, fresca y apetitosa. En nuestra entrañable Guatebuenita tan azotada por huracanes de injusticia social, cada quien reza para su santo y sólo mira el derecho de su nariz. La política de no mover maicitos está grabada en piedra y la ley del embudo amplía la boca para los chicos malos del penjáus y cierra la salida para el pobrerío del sótano dos. Continúa vigente la vieja máxima campesina: las gallinas de arriba ensucian a las de abajo.
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