El sábado pasado murió Jacques Derrida, el último sobreviviente de una serie de brillantes pensadores franceses que surgieron a luz pública a partir de las revueltas estudiantiles de mayo de 1968: Althusser, Lacan, Foucault, Barthes, Deleuze, Baudrillard… No es que no hayan sido conocidos antes, pero este acontecimiento les dio aura de filósofos de la calle, de referentes morales, de intelectuales comprometidos con su tiempo.
Curioso destino para estos pensadores más bien complicados en sus planteamientos, eternamente obsesionados con el lenguaje, creadores de categorías que hacen las delicias en la actualidad de cerrados círculos académicos, con los que en algún momento estuvieron en disputa.
“Cambiar la realidad, cambiar la vida”, este grito de batalla de Rimbaud, se convirtió para Derrida y Cía. en una consigna ética frente a los acontecimientos sociales y políticos de finales del siglo XX. Elevados a categoría de gurús, sus palabras –y por supuesto sus escritos– han sido interpretados de la misma manera en que algunos creyentes interpretan los textos sagrados. Es decir, como les da la gana. Retorciendo los significados para justificar cualquier cosa. En el caso de Derrida, sobre todo bodrios escolásticos que se ahogan en su propios metalenguajes.
¿Qué es la deconstrucción?, le preguntaban siempre a Derrida a propósito de este sistema de análisis con el que el filósofo desmontaba los mecanismos del pensamiento y el poder. Nunca dio una respuesta precisa, pero algo dejó en claro: no se trata ni de una estética, ni de una pirueta de la lengua, sino más bien de una toma de posición ante la realidad, ante la vida. Una manera de buscar respuestas en un mundo que se desmorona ante nuestros ojos. Una manera de comprendernos como seres fragmentados huérfanos de ideales y filosofía.
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