“Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual.”
Pablo Rodas Martini
En Guatemala, la separación no es sólo étnica: otra profunda división se da a nivel de clases sociales. Los “guetos” principales son las áreas de residencia. Los barrios, colonias, condominios, edificios de apartamentos determinan en gran medida el estatus y el círculo de amistades de las familias.
El otro gran “gueto” se da en los centros de enseñanza. Las escuelas públicas son para los pobres, y luego existe una gama amplia de colegios que van ascendiendo en matrícula según la escala social de las familias. Tanto a nivel residencial como de establecimiento educativo se da alguna relación inter-clases, pero tiende a ser mínima.
Los “guetos” no terminan ahí; sigue una lista larga: para unos el Parque Central, para otros la Zona Viva, para unos la Sexta Avenida, para otros La Pradera, para unos los parques públicos o el Campo Marte, para otros, los clubes privados, para unos los mercados, para otros los supermercados, y mucho más.
Son pocos los lugares donde se puede apreciar una inter-relación (aunque ciertamente no llega a convivencia) de clases sociales. El zoológico es uno de esos lugares. No hay un zoológico para pobres ni otro para ricos. Los Hiper Paiz también son puntos de confluencia: por ahí va una familia procurando comprar lo esencial mientras otra empuja dos carretas llenas con productos caros. En los Pollo Campero también se puede apreciar una gama amplia de procedencias sociales.
El lugar, sin embargo, que a mi esposa y a mí siempre nos ha llamado la atención, pues acentúa esa inter-relación, es Xocomil, Xetulul también, pero en menor medida pues se paga por los juegos. Cuando se está haciendo cola para tirarse del tobogán familiar, no se sabe si la familia de adelante llegó en camioneta y si la de atrás llegó en suburban; si se está sobre las donas en la gigantesca piscina de olas, tampoco se distingue una “dona rica” de una “dona media” u otra “dona pobre”. En un lugar como Xocomil, las clases sociales se insinúan con el tipo de calzonetas, los anteojos contra el sol o los zapatos de agua, pero en gran medida se diluyen en medio del sol, el agua y la algarabía.
Ciertamente no se puede exagerar. Se da el contacto de clases, pero no la convivencia, pues los diferentes sectores sociales se cruzan, comparten los mismos juegos, pasan la misma diversión, pero rara vez se dirigen la palabra, a no ser que se pidan permiso para pasar. Los juegos parecen ser comunitarios, pero en última instancia son individuales.
Tan pronto la gente abandona los parques, las clases se vuelven a marcar: unos toman sus camionetas; otros, sus carros, y otros más, el tren que los lleva a los hostales.
Xocomil vienen siendo la Fiesta que canta Joan Manuel Serrat: “por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”, e igualmente al salir: “y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.
Estos lugares de contacto social, aparte del servicio específico que proporcionan –alimentos, diversión– también aportan un grano de arena en la construcción de un activo del cual el país está urgido: capital social. Otro detalle que no deja de llamar la atención es que estos lugares que he mencionado son administrados con gran eficiencia: no hay basura, no hay desorden, no hay conflicto. Difieren tanto de la “Guatemala real”, ¿o es que la Guatemala real podría ser otra?
Para concluir, tampoco hay que incurrir en otra exageración. En lugares como Xocomil, el zoológico, Pollo Campero, Hiper Paiz, y algunos cuantos más, se cruza una porción de las clases sociales, no su totalidad. Aun de esos lugares, que serían los más abarcadores a nivel nacional, queda excluida la principal tajada del país: un 50 por ciento, un 60 por ciento o más de la población: la Guatemala insondable y profunda, la Guatemala pobre y excluida para quienes un menú Campero es un lujo imposible de pagar o para quienes un Xocomil es inaccesible, pues a puras penas si sobreviven en el sector informal.
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