Opinión:El nardo en la palabra (XXX)“Tal vez la vida es casi un soneto. / Un tiempo que muere inacabado” Por: Amable Sánchez Torres
Tres veces llegó el clarinero, tres veces se posó en la mesa frente a mí, tres veces me miró fijamente, con sus llameantes ojos de oro… Tres veces. Cuando una cosa ocurre tres veces seguidas, hay que tomarla en serio. Se me ocurrió que podría ser el nagual de Luis Alfredo Arango. Regresé a casa y comencé a revolver mis libros, hasta que di con El volador, aquí lo tengo. Leo: “…encaramado en mi rama, / a cuántos poderosos he visto pasar, / que ni me miraron… / ¡Tan absortos iban / contemplándose en su gloria / y su poder! // Y también los he visto regresar, / derrotados, ya sin joyas / y sin nada. // Entonces, / ellos hubieran querido / pasar como yo: / inadvertidos…” (pág. 23). O esto: “Cuando me quedo quieto, / con los ojos fijos, / como alechuzado… / ¡entonces es cuando de veras miro / el fondo de las cosas!” (pág. 25). O esto: “¡Aquel pueblo tenía / tanta hambre / que se comió a la paloma de la paz!” (pág. 34). O esto: “La voz de los poetas no es su voz, / es una voz antigua” (pág. 39). “Nadie es señor de nada / si no es señor de sí mismo” (pág. 51). “La serenidad se aprende mirando al cielo” (pág. 54). “Tal vez la vida es casi un soneto. / Un tiempo que muere inacabado” (pág. 55). “Soy poeta / desde las seis de la tarde / hasta las seis de la mañana” (pág. 57). “(Yo también voy adquiriendo / ese color o descolor / que ni se queda ni se va / y estoy desierto / ¡desolado!)”.
El clarinero no regresó. Pero todo esto me llevó entonces, me lleva todavía, a las últimas horas que pasé con él. Dos semanas antes de morirse. En la montaña. Aldea La Primavera. Pinares rumorosos y enloquecedor cielo azul. En algún momento ya no lograba distinguir la monotonía de sus palabras de la monotonía de las palabras del río. Todo era una corriente única. Un balbuceo, un rumor, un murmullo que se iba al mar, “que es el morir”, según Jorge Manrique. Si tuviera que ponerle un epígrafe a ese marco y a ese momento, probablemente escogería sus versos “Nadie es señor de nada / si no es señor de sí mismo”. O tal vez éstos: “La serenidad se aprende mirando al cielo”. O quizás estos últimos: “… estoy desierto / ¡desolado!” Desierto no creo que lo estuviera: siempre hay un agua oculta que nos nutre y una estrella oculta que se refleja en ella. Desolado sí. Era, en algún sentido, la imagen de la desolación. Todas sus evocaciones, sus palabras y sus gestos estaban marcados por este signo. Embebido en su monólogo interior –“alechuzado”, para usar sus mismas palabras–, cerrado, sin quererlo, al acontecer del momento presente, se alejaba por parajes invertebrados, realísimos y dolorosos para él, pero que a mí se me perdían de vista. Tratar de entender era como tratar de arañar el aire. Tenía tantas ganas de morirse que ya se estaba muriendo. Quince días antes de su muerte, yo estaba asistiendo, como por un privilegio que me atenazaba la garganta, a su testamento y a su despedida. Agregar comentario: |
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