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Guatemala, sábado 23 de octubre de 2004

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laColumna: Ayer

Los papos

Antes, en el tiempo de los abuelos, había muchos papos en Guatemala. Había una frontera grande y profunda entre las personas estudiadas...

María Elena Schlesinger

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Antes, en el tiempo de los abuelos, había muchos papos en Guatemala. Había una frontera grande y profunda entre las personas estudiadas, educadas, listas y chispudas, y papos era la forma despectiva de llamar a las personas limitadas en alcances y educación.

Los papos eran y siguen siendo los que hoy día conocemos como asoleados; los llamados también lelos, mudos o mudencos, y se les reconoce principalmente por ser individuos incapaces de comprender lo que está sucediendo a su alrededor y/o por ser incapaces de comunicarse efectivamente en el mundo.

A los papos se les reconoce aún porque parecen siempre estar como en la luna. Como que las revoluciones del cerebro las tienen muy bajas, y el habla y el entendimiento también muy limitados.

El ser papo no proviene precisamente de una malformación o carencia genética. Es más bien el resultado, el fruto, diría yo, que ha dado nacer y vivir en una nación como la nuestra, la cual, a través de cientos de años, ha puesto empeño en muchas cosas, menos en educarnos, en alebrestarnos, en hacernos más listos y chispudos, en el buen sentido de la palabra. Por eso afirmamos que antes en Guatemala, había muchos más papos que ahora.

Un clásico papo era, por ejemplo, el arriero que llegaba a la capital con su recua de mulas. Un hombre sencillo de campo, que no sabía que en la capital ya existían los carros movidos por gasolina o un aparato llamado teléfono.

Se podía llamar papo también al joven venido de la provincia que no muy entendía cuando le hablaban, porque quizá le estaban preguntando, por ejemplo, por el trencito Decaville que pasaba por el Paseo de La Reforma, cuando en realidad él, lo único que había visto en su vida como ser moviente, era la mula que tenía su vecino.

“No seás papo, vos”, se oía decir con frecuencia antes, con tonito despectivo e intimidatorio, locución que casi siempre iba acompañado de un pequeño sopapo o coscorrón cuando, por ejemplo, se trataba del patojo que no lograba entender la lección de Matemáticas o se obstinaba en contestar 58 cuando le preguntaban por enésima vez el resultado de multiplicar 7 x 8.

En este reino no sólo había papos, sino también, el “éste sí que es medio papo”. O bien, a los que eran aún más lentos, se les decía, “éste sí que es papo y medio”. Era tan frecuente encontrar papos en estos lares que había un personaje que figuraba entre el habla chapina cotidiana de antes. Éste era llamado Juan Papo. Juan Papo podía hacer cualquier tontera.

Era capaz de realizar la mayor proeza entre lo irracional. Entonces, el hablante le podía propinar a uno, el “ya parecés Juan Papo” o el “ni que fueras Juan Papo”.

En relación a los papos, en mi casa contaban la siguiente historia sucedida en una finca cercana a La Antigua, en donde existía un magnífico aguacatal centenario, el cual daba frutos sólo una vez al año. Resultó que un año, los empleados se comieron la cosecha entera de aguacates, por lo cual el finquero les inquirió con un “Bendito Dios, y se comieron todos los aguacates…” a lo que los mozos contestaron sin pena ni gloria, “papos fuéramos si no nos los comiéramos”.
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