Cuando era niño, mi madre me llevaba los fines de semana al Parque Central, a la Concordia o al Cerrito. Ibamos a pie o en camioneta, y todo era un placer. Conforme pasaron los años, aquellos parques terminaron siendo engullidos por la suciedad y el ruido.
Pero ahora tenemos, nuevamente, nuestro parque. Por fin podemos sentarnos los domingos en una banca bajo la sombra de los árboles a contemplar el desfile de chicas guapas o el retozo de los niños. Como en los buenos viejos tiempos. Sin prisas, sin temor, saboreando un helado. Para concluir el día con una caminata por las calles viendo vitrinas, antes de volver revitalizados a casa.
¿Qué de qué diablos hablo? De la ciudad de Antigua, evidentemente. Lujo de lugar. A sólo cuarenticinco minutos de la capital, tres atmósferas en una: Toledo, Miami y el Tíbet. Su arquitectura, sus calles empedradas, sus iglesias, sus volcanes, sus cafés y restaurantes, hacen que uno salga de allí más ligero, menos estresado, con cara de cosmopolita.
A mí me gusta la Antigua, pero me temo que estemos convirtiéndola en el inmenso Parque Central de los estratos medios de la capital. Y si nos descuidamos, lo que fue en una época una ciudad colonial apacible y habitable, se transformará en un gigantesco Disneyworld mayan style, destinado a suplir las carencias de nuestra metrópoli.
¿Tendremos algún día la posibilidad de recorrer nuevamente el centro de la ciudad a pie, de darnos un paseíto por los cafés después del cine, de sentarnos en la banca de un parque a conversar con el vecino? ¿Acaso es pedir demasiado? La calidad de vida de un país se mide también por la manera en que sus habitantes se apropian de su ciudad y le dan vida a las calles. Quisiera pensar que semejante utopía no es una utopía.
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