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Guatemala, sábado 23 de octubre de 2004

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Opinión:

Puta, a mucha honra

Para las mujeres pobres, la prostitución es un flagelo.

Por: Anamaría Cofiño K.

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
“Pobre pero honrada” dicen las mujeres, orgullosas de haber sacado adelante solas, varios hijos sin padre, aclarando que su oficio les ha dado para pasarla sin tener que robar o matar. Dedicarse a puta en Guatemala es un destino casi ineludible para miles de niñas que vienen al mundo entre la miseria y el abandono, para las desposeídas que nunca tuvieron oportunidades, para las migrantes que van buscando cómo no morir. La prostitución es una salida ante la falta de empleo y recursos, una manera de ganarse el pan con el sudor del cuerpo. Como las trabajadoras asalariadas, las prostitutas venden su fuerza de trabajo en un mercado donde la moral y la decencia no existen porque las reglas que lo rigen se basan en un puro afán de lucro. La demanda sobre esos servicios sexuales responde a una ideología machista que estimula en los hombres un supuesto apetito sexual insaciable. La existencia de la prostitución está directamente vinculada a la necesidad masculina de afirmación viril.

Para las mujeres pobres la prostitución es una amenaza latente, un flagelo. Reclutadas con engaños, o forzadas contra su voluntad, se ven envueltas en redes que las intercambian y utilizan, obteniendo de ese negocio inmensas ganancias. Los dueños, regentes y proxenetas de los puteros se benefician del trabajo ajeno y abusan de su posición de poder, manejando a las mujeres como mercancías y objetos que se pueden desechar. Estar de puta en un burdel es vivir como esclava, a disposición perenne de quienes dan las órdenes, cobran las cuotas e imponen normas. Ejercer en la calle es un riesgo en el que se juegan la vida, no sólo por el espacio en sí, sino por la desprotección y la soledad. Trabajar de meretriz en una casa de lujo tiene quizá más ventajas materiales, pero siempre es una salvaje explotación.

Hay gente que prefiere esconderse, antes de reconocer la existencia de fenómenos por demás comunes. Por eso confieso que he disfrutado con el numerito de las Estrellas de la Línea, con el que volvió a descubrirse la hipocresía y la desigualdad que caracteriza a esta sociedad. Que el tema siga en la prensa es en sí un logro político, porque por ese medio se hacen denuncias y exigencias que de otra manera, nunca llegarían a divulgarse. Las Estrellas, sus colegas del Cerrito y de otras zonas rojas ponen el dedo en la llaga al hacer públicas, no sólo sus condiciones de vida, sino al urgir a ponerle atención a problemas que se están extendiendo gracias a la doble moral que sume en la ignorancia a la población más vulnerable. Va mi admiración, felicitaciones y respeto para las mujeres que se atrevieron a traspasar las rígidas fronteras de clase para decirnos que ellas son putas, a mucha honra.
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