América Latina atraviesa etapas políticas diferenciadas, pero el desafío central sigue siendo el mismo: la cohesión de sus sociedades.
Edgar Gutiérrez
La región más austral fue la primera en levantarse, quizá porque fue la que crujió antes con las reformas liberales. La zona andina está siendo sacudida por disputas para el control de recursos naturales estratégicos. Y Centroamérica entró a la vorágine de la corrupción, expuesta como signo de lucha del poder.
En el primer caso está a prueba el desempeño de la izquierda en la gestión de Estado. El socialista Ricardo Lagos lo hace bien, dando continuidad a una política de Estado producto de la concertación posdictadura. El peronista Nestor Kirchner recuperó el prestigio del gobierno y estabilizó la economía, aunque tiene serios reclamos por carencias en la seguridad pública. El sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva se ha perfilado como un estadista y líder de las potencias emergentes, y eso lo reflejan los positivos resultados electorales recientes, aunque vio erosionada su base tradicional que exigía cambios más rápidos y drásticos.
En el segundo caso, Carlos Meza concluyó la luna de miel con el movimiento popular e indígena bolivianos, y ahora enfrenta los retos de la definición política. Lucio Gutiérrez vio confirmada su debilidad en las recientes elecciones y la oposición ecuatoriana le exige adelantar dos años su salida. Álvaro Uribe marca una profunda huella en el conflicto armado colombiano, que se anticipa todavía más prolongado. Hugo Chávez vive su legitimación tras el referéndum y los buenos precios del petróleo, pero sabe que no son condición suficiente de estabilidad. Alejandro Toledo sigue sobreviviendo con los índices más bajos de popularidad, entre sacudidas de corrupción y el descrédito de las instituciones.
En Centroamérica, la normalidad democrática fue la norma bajo gobiernos conservadores, exitosos en parar los conflictos armados de los 80 pero inhábiles al construir referentes institucionales y producir éxitos sociales. Ahora las elites, dependientes siempre del control del Estado, están enfrascadas en disputas por el dominio de nuevas corrientes de formación de capital y acudieron al recurso de mayor impacto público, la corrupción. En Guatemala, hasta ahora, no ha tenido mayor trascendencia institucional. Pero Costa Rica carga el costo regional de perder la OEA. En Nicaragua se ha puesto en vilo al gobierno (después de ser el acusador), aunque está respaldado por Washington. En El Salvador se está abriendo una Caja de Pandora. Y vienen en la cola Honduras y Panamá.
Este año el desempeño económico de la región será casi óptimo, pero el año entrante decaerá. Por tanto, el pronóstico no es promisorio para países con alta conflictividad social, como los andinos, y con instituciones y clases políticas despedazadas, como las centroamericanas. Quizá no haya crisis financieras, pero tampoco la liquidez que animó hasta ahora a los inversionistas a comprar bonos de alto rendimiento. Además se anticipa una baja de las importaciones de Estados Unidos y un alza de la inflación importada. Con liquidez saliendo, tasas de interés al alza y tipos de cambio debilitándose, la mezcla sociopolítica es altamente volátil.
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