La fuga de talentos chapina no es una característica que nos diferencie del resto del mundo. El escritor siempre anda inquieto, deseoso de experimentar...
La fuga de talentos chapina no es una característica que nos diferencie del resto del mundo. El escritor siempre anda inquieto, deseoso de experimentar nuevas realidades, y atraído como ratón por el queso de las grandes urbes. Un siglo atrás, los escritores estadounidenses se marchaban a París, hoy día los europeos hacen de Nueva York su Meca. La cosa es mudarse, para entender mejor lo propio desde otras latitudes o persiguiendo a esa dama borrosa que se llama fama.
En los años 70, Guatemala vivió una diáspora singular, movida principalmente por la política, pero hubo también los soñadores que se fugaron atraídos por el más allá de la literatura. Uno de ellos fue Luis Eduardo Rivera, quien inicialmente escogió México como destino. Allí publicó su primer libro en 1978, Servicios Ejemplares, y con la tinta aún caliente decidió dar otro brinco más severo y se mudó a Francia. Un chapín en la Ciudad Luz, a deshora. Mientras el mundo se debatía en guerras ideológicas, Rivera leía y escribía, atento a la nueva lengua que iba descubriendo con gran celo. El poeta “amontonador de libros, archivos y papeles” descubrió en los clásicos galos la sabiduría, y al mismo tiempo que escribía su obra de ficción se dedicó a la aventura de la docencia y la traducción de los pensamientos y aforismos de Joseph Joubert, Remy de Gourmont y Rivarol.
Su novela Velador de noche, soñador de día (1988) es una obra singular que aún no se ha reconocido en su justa dimensión. Tarde o temprano el lector guatemalteco se rendirá ante su fina ironía y ternura. Muchos de sus cuentos aún permanecen inéditos, y lo que ha venido apareciendo gradualmente es su producción ensayística y sus traducciones del genio permanente, alejado de la vaga actualidad, que encontró dormido en las bibliotecas francesas. Un escritor extremeño, Julián Rodríguez, descubrió recientemente la obra del guatemalteco y preparó una antología para darla a conocer en el ámbito español. El pequeño libro de la editorial Libros del pexe, es una joya bellamente confeccionada, editada con toda la experiencia peninsular, donde se lucen los textos del escritor chapín como de Primer Mundo.
En sus escritos no hay provincialismo ni ligereza tercermundista, sino un ingenio reposado que sorprende a cada vuelta de página. El título escogido para la antología, El lector ideal, retrata a Rivera de cuerpo entero. El libro tardará un siglo en llegar a Guatemala, pero me imagino que se podrá pedir por el correo electrónico a la editorial: pexe@telecable.es La misma casa editora acaba de publicar de Gómez Carrillo, ese otro guatemalteco que se fugó a París, La miseria de Madrid y En plena Bohemia.
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