Hace algunas semanas, me enteré de la muerte de uno de mis amigos más queridos de la adolescencia. Tenía casi 30 años sin verlo, pero la noticia me afectó y me devolvió a una época que conservo casi intacta en mi memoria.
Las amistades de infancia marcan y atan siempre a un pasado repleto de historias y de nostalgias. Uno vive con la impresión de que todo aquello se quedó detenido en el tiempo. A Sergio lo conocí en un momento en que el presente parecía eterno. El pasado aún no causaba estragos en ninguno de nosotros y el futuro era algo brumoso en lo que preferíamos no pensar para que no nos arruinara la fiesta. Vivíamos lo que nos tocaba vivir, que no era mucho, a veces con una intensidad digna de mejor causa. Es decir, vistas con los años, nuestras “grandes aventuras” no pasaban de ser banalidades que por alguna razón creímos definitivas en nuestra existencia.
Nuestro tiempo tuvo mucho de confuso, de tragicómico e ingenuo. El recuerdo de Sergio me lo traen las fotografías, las canciones, las anécdotas. Ahí estamos los dos apurando un cigarrillo antes de entrar a clases; buscando desesperadamente a unas amigas que por alguna razón andaban perdidas en las calles de Santa Lucía Cotz.; escuchando con verdadera devoción el Dark side of the moonde Pink Floyd o matando el aburrimiento con una película horrenda las noches de los domingos. Vivencias intrascendentes que por alguna razón se agigantan en la memoria cuando la gente se va, y todo lo que fuiste se empieza a hacer trizas.
La última vez que vi a Sergio fue luego de que éste tuviera una extraña conversión religiosa y todos los cuates andábamos medio sacados de onda. De pronto tuvimos conciencia de la fragilidad de las cosas, de que la vida es complicada y que los tiempos se esfuman. No nos dijimos adiós y me hubiera gustado hacerlo, darle un abrazo y decirle que había sido bastante bueno en mi vida conocerlo.
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