El globo del gobierno no estalló, sencillamente se está desinflando.
Pablo Rodas Martini
El gobierno del presidente Óscar Berger no ha sufrido un golpe contundente, no ha sido afectado por escándalos de corrupción, no ha visto a alguno de sus máximos funcionarios envuelto en algún escándalo público, no se ha visto afectado por fuertes convulsiones sociales, no ha desplomado al país en una crisis económica o social más grave que la que haya tenido el FRG en algún año de su gestión, no ha caído ningún solo Ministro por interpelación. Muchas cosas no han sucedido, sin embargo, pese a todo eso, la popularidad del presidente Berger y de su gobierno ya no es la misma que la que tenía en el mes de enero de 2004. La simpatía del régimen se ha deslizado rápidamente hacia abajo, y no hay señales de que amague con repuntar.
Ahora, a casi diez meses de gobierno, la administración Berger finalmente comienza a producir una generación de políticas públicas, las cuales arrancaron con “Vamos Guatemala” y están siguiendo con otros documentos, tales como la propuesta de política exterior o “Guatemala Verde”, pero esa reciente “hemorragia” de propuestas tiene lugar sin mayor pena ni gloria por parte de la opinión pública, la cual a finales de 2004 se ha puesto más exigente.
El drama del gobierno es su rezago. En el primer semestre se pedían las políticas, y éstas no surgían por ningún lado. El debate nacional lo acaparó la mal llamada reforma tributaria, que envolvió al país en una vorágine de inconformidad, que al final sólo derivó en unas cuantas “gotas” de recaudación tributaria adicional. En el resto de políticas, el gobierno parecía encontrarse a la deriva: buenas intenciones, pero sin rumbo claro.
Ahora, cuando el gobierno finalmente comienza a dar a conocer sus políticas –más o menos elaboradas–, la opinión pública ya no le pide propuestas sino que le exige resultados. La ciudadanía le tuvo paciencia al inicio pues creía que el gobierno necesitaba el compás de espera del primer semestre para principiar a gestar resultados, pero para el segundo ya se esperaba una mejoría en el clima de seguridad ciudadana y al menos un repunte leve en la situación económica, pero no ha sido así. El viraje de un gobierno FRG a un gobierno Gana no ha producido cambios apreciables.
La administración Berger sigue sosteniendo que recibieron la casa en un completo desastre. Sólo ellos ciertamente sabrán el grado de saqueo en que recibieron el erario y el grado de atrofia en que recibieron la administración pública, pero, también es cierto que ese argumento encontraba mucho eco en los primeros meses, pero ya para finales del primer semestre ha perdido su atractivo. La ciudadanía, al final de cuentas, no quiere un gobierno quejoso que lloriquee todo el tiempo por la situación desastrosa con que arrancó, sino que anhela un gobierno que a pesar de las dificultades le comience a reportar resultados tangibles.
He ahí el drama del gobierno del presidente Berger: no ha cometido ningún error gigantesco –con la excepción de las negociaciones secretas con Efraín Ríos Montt y el FRG, que posteriormente se filtraron a la opinión pública–, pero su imagen se ha desgastado tremendamente. No es un globo que haya sufrido de pinchazos y que haya estallado. No. Sencillamente el aire se le ha ido saliendo, se ha ido desinflando.
Nadie gana con que el gobierno se desinfle –quizá sólo Álvaro Colom–. El país entero pierde con una situación así. Después del terremoto institucional provocado por el FRG, el país estaba urgido de aire fresco, de optimismo, de unidad nacional, de credibilidad, pero, por alguna o numerosas razones, la administración del presidente Berger sólo logró generar ese clima en sus primeros meses, sin que esté siendo capaz de repuntar en el segundo semestre.
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