Antes, la madre era el antídoto contra la angustia y la tristeza, ahora es la televisión.
Sylvia Gereda Valenzuela
En estas vacaciones intento, como un reto, controlar los minutos en que los ojos de mis tres hijas se posarán sobre la pantalla chica. Con pena veo que cada día existen más “teleadictos” y lucho para que mis pequeñas no se conviertan en parte de una estadística.
No trato de satanizar la televisión, estoy segura que puede ser instrumento eficaz para la formación si se usa adecuadamente. Pero en un mundo en crisis de valores, considero una aberración el sólo pensar que si se tiene 4 años y se puede prender el aparato, entonces se tiene derecho a obtener la misma información que un adolescente de 18 o un adulto de 55.
La televisión ha trastornado el significado de la infancia, derrumbándole las barreras que la protegían de la dura realidad adulta. Los últimos estudios demuestran que los niños que ven mucha televisión son más pesimistas y más hostiles que los que ven menos. Sencillamente porque están más expuestos a violencia, sexo, insultos y escenas antifamiliares que sobrepasan su capacidad emocional.
Madeline Levine, autora de La violencia en los medios de comunicación publicó un estudio donde revela que, “al salir de la secundaria, los niños han pasado 50 por ciento más del tiempo frente al televisor que frente al maestro”.
Mientras que una investigación de María Laura Tayuret sobre medios y violencia es aún más escalofriante, afirma que en muchos hogares la pantalla chica reemplazó a la madre hasta convertirse en una niñera electrónica. Si los padres se dieran cuenta que por su naturaleza, “esta sustituta” desencadenará desórdenes psíquicos y emotivos en el niño que hace sus primeros aprendizajes de la vida, no los dejarían frente a ella.
Antes, la madre era el refugio, ahora es la televisión a quien se acude cuando invade la angustia, la tristeza, el temor. Academic Press tiene datos precisos que revelan que en un hogar promedio, el televisor está prendido más de siete horas diarias, y un niño ve entre tres y cuatro horas al día”. Así, de poco en poco, la televisión llega a ocupar el lugar de los padres. Ella es quien presenta modelos a imitar, quien inserta al niño en la sociedad y le muestra una realidad, que no es más que una farsa fabricada detrás de luces y cámaras.
De manera sutil y persuasiva, la televisión moldea las actitudes y lleva a los pequeños a imitar falsos modelos.
Tayuret, asegura que está demostrado que los menores llegan a creerse “héroes” de televisión o pretenden adquirir cualidades de los personajes, “y viendo que es imposible, sienten una frustración, como si fuese una derrota personal. El resultado es una imagen desvalorizada de sí mismos, de su familia y un desajuste social”.
También está demostrado que los “teleadictos” pierden los talentos necesarios para comunicarse con otros. “Un televisor tiene un efecto de censurar la conversación familiar.
Lo peor del caso es que, en la programación ocupan el puesto principal las películas, novelas y hasta los dibujos animados que agreden la moral y los valores familiares.
La serie Los Simpsons, representa el peor de los ejemplos: el padre es un bruto, vulgar y borracho. Su jefe no lo llama por su nombre, sólo le dice imbécil. La madre sólo se comunica a gritos con su marido. El hijo mayor, suele estar castigado para escribir 50 veces en el pizarrón: “no debo llamar calentona a mi maestra”. Este seudohéroe es teleadicto, tramposo y campeón de videogames. La hija de ocho años es la encarnación de las taras freudianas: se enamora de un profesor de su colegio. El mensaje es bien definido: la escuela es un martirio, los padres sólo dan consejos tontos. La familia Simpson cuestiona el amor filial, el matrimonio, el amor fraternal…
No hace mucho se creyó que las familias serían beneficiadas por la televisión, encontrarían sano entretenimiento y tendrían fácil acceso a educación e información. Sucedió lo contrario.
La comodidad de desparramarse en un sofá, encender el botón y ver sin limites lo inimaginable, suplantó los deportes, las conversaciones en familia, la narración de un buen cuento y hasta los horarios de la comida.
En las familias cada vez hay menos conflictos, porque cada quien se aísla en su película, en su soledad.
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