En un segundo mandato de Bush se mantendría el rumbo actual.
Edgar Gutiérrez
El mundo entero está más que atento al resultado final de las elecciones que culminarán el 2 de noviembre en Estados Unidos. Quien gane tendrá que gobernar un país francamente dividido y encontrará en el exterior aliados tradicionales escépticos.
Bush, si es reelecto, se vería favorecido por un Capitolio republicano. Si bien el Senado será renovado en una tercera parte y la Cámara de Representantes en su totalidad (435 escaños), no se anticipa un cambio de signo dominante. Quiere decir que Bush continuaría sin mayor contratiempo su actual política, en cambio Kerry tendría dificultades para llevar a cabo su programa.
No son buenas noticias. El plan de Kerry para recuperar el ingreso medio de las familias (que disminuyó US$1,500 anuales), hacer accesible el seguro social (que se encareció en un 60 por ciento) y aumentar las matrículas de educación, depende que el Congreso esté dispuesto a recuperar los impuestos del 1 por ciento más rico de Estados Unidos, a quienes Bush desgravó.
Por otro lado, sería poco probable la ratificación del protocolo de Kioto sobre el calentamiento global, el Tribunal Penal Internacional y el tratado de prohibición de pruebas nucleares.
Quizá donde mayor cambio pueda haber es en Oriente Medio. Kerry tendría el chance de poner en marcha otra estrategia en Irak para salir del pantano. Pero eso dependería de una acción concertada con Europa y los estados musulmanes moderados que trajera, simultáneamente, un plan de paz entre Israel y Palestina, una presencia internacional transitoria en Irak y una política efectivamente disuasoria ante Irán y sus planes nucleares.
En un reciente artículo publicado en The New York Times, Zbigniew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional, llamó la atención sobre el riesgo real de la lucha antiterrorista que lidera Bush. “La guerra civil dentro del islam está enfrentando a los fanáticos con los moderados, que se sienten cada vez más intimidados. Aumenta la posibilidad de que los moderados finalmente se unan a la Jihad en un odio a ultranza y unifiquen al mundo del islam en una colisión frontal con Estados Unidos. El nacionalismo se está fusionando con el fanatismo religioso en un caldo potente de odio”, advirtió.
Otro ex consejero de seguridad nacional, Philip Gordon, descartó un cambio de actitud de Bush. “Es una persona dispuesta a arriesgarse, alguien que tiene fe en su misión”, escribió en el Financial Times. Es la radicalidad que se le atribuye al Presidente, a la que se suma la carencia señalada a su equipo –incluso por parte de republicanos descollantes que se han alejado abiertamente de su candidato en esta campaña– de una concepción estratégica sobre la cual debería ser el papel de Estados Unidos en el mundo. Por eso Gordon no duda en afirmar que en un segundo mandato de Bush se mantendría el rumbo actual, aunque haya cambios en su equipo. Quizá sólo las limitaciones de la realidad (déficit presupuestario asfixiante, debacle en Irak y oposición decidida del resto del mundo) moderarían su política.
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