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Baile de gigantes

Aprendimos que bailar es un ritual y un espectáculo.

Por: Méndez Vides

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Los gigantes bailaban de esquina en esquina, con sus cabelleras de muñeca, unos rubios y otros negros como tizón. La marimba viajaba detrás, cargada en hombros de músicos descalzos, de saco azul y corbata negra. Los espectadores nos agrupábamos a su alrededor, distantes de los enormes brazos que giraban como reguiletes repartiendo posibles sopapos, y presenciábamos el espectáculo con una sonrisa dibujada en la cara. Los desocupados seguían el convite unas cuantas cuadras, hasta que eran relevados por la gente de otro barrio. Los rencos, medio mudos o desempleados se encargaban de colocar en las esquinas el tubo rojo de base plana, donde quemaban esas bombas pardas con apariencia de ratones de larga cola. El olor de la pólvora tenía un regusto muy particular, mezclado con el tabaco quemado de los puros o cigarrillos sin filtro que fumaban los ancianos.

Debajo del vestido de grandes botones, un pequeño bailarín cargaba la estructura de madera. Para no chocar y mantenerse dentro del círculo se disponía de una abertura por el ombligo del gigante. Al principio, bailaban emocionados, y luego se animaban con sorbos de un octavo de aguardiente que llevaban en buen resguardo dentro del bolsillo trasero del pantalón de dacrón. De tanto dar vueltas, se iban mareando, hasta salir borrachos y trastornados, con el gesto agrio. Otros bailarines los reemplazaban dentro de la estructura de escaleras.

Los gigantes blancos eran el rey y la reina, con coronas de cartón y largos bucles de oro, los ojos azules y los labios rojos. Los gigantes negros tenían su propia realeza, aunque pasaran por esclavos o moros vencidos. También bailaban los cabezones, de cuerpos modestos pero de cabeza gigante. Todos bailaban para anunciar misas y velaciones.

Los niños chapines que crecimos presenciando a los gigantes, aprendimos que bailar es un ritual y un espectáculo. La sensualidad se incorporaba después, con la adolescencia y los bailes escolares. La pista al centro y alrededor los mirones. Las parejas entraban al ruedo del espectáculo, para bailar siendo contempladas. Una manera permitida de aproximarse los cuerpos en público, de sentir latir el pulso del otro, de canalizar las pasiones. Satisfecha la necesidad, desaparecía el baile, actividad que regresaba a su circunstancia ritual y a las máscaras.

Los chapines no bailamos en términos generales, sino hacemos modos, porque para nosotros el baile es contemplación o apenas una temporada en la vida. Lo que ha cambiado son los dioses. Los gigantes de hoy son las artistas que ya no cantan sino bailan luciendo el cuero, dentro de sus atuendos en moda de prostitutas. Inducen el ritmo y explotan el deseo. Todo ha cambiado, pero los chapines terminamos siempre sentados en las mesas, observando bailar a unos cuantos, bebiendo y conversando en voz baja, porque somos gente muy discreta.
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