Todos los años, en esta época, hago maletas y me voy rumbo a Todos Santos Cuchumatán. Algo tiene ese pueblo perdido en las montañas que me robó el corazón. Me gusta el olor a copal que se siente desde kilómetros antes de llegar y las notas de la marimba que entran directo a mi corazón. Y sobre todo, el rojo de los pantalones y el ambiente entre triste y alegre que recuerda a los muertos.
Durante los seis años anteriores he podido observar los retrocesos y evoluciones que ha tenido esta fiesta. Por muchas razones, cada vez, son menos los jinetes que participan en la Carrera de Caballos. Uno de los motivos es la influencia de la Iglesia Evangélica que ve pecado en todo, y que cada vez gana más espacio y más adeptos entre la población indígena. Otra razón es la situación económica de los todosanteros, que como la de todos los guatemaltecos va de mal en peor. Y claro que se gasta mucho dinero manteniendo viva la tradición. Ya que los jinetes deben alquilar caballos, hacer una gran fiesta, pagar marimba, invitar al pueblo a comer cordero y beber hasta, literalmente, ver a Cristo. Eso, sin contar el traje regional, que según la tradición deben estrenar cada año.
Durante los cinco días que dura la feria titular de Todos Santos, muchos lugareños aprovechan para alquilar sus casas como hoteles, vender almuerzos o alquilar sus temascales. Son muchos los extranjeros que llegan a ver esta singular fiesta, y ahora es cada vez más común ver a algún gringo corriendo en la carrera.( Y a mí se me paran los pelos). Por algunos quetzalitos, cualquiera puede participar en esta tradición centenaria que va cambiando cada año, como la comida típica que ahora es la pizza. Globalización, le dicen algunos.
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