El loro parlanchín coincidió con The Economist. La elección presidencial en EE.UU. se había realizado entre un incompetente, un incoherente y un aguafiestas. Ante tal panorama decepcionante, decidió tornar su atención hacia Oriente Medio y los asuntos europeos.
El posible ingreso de Turquía a la Unión Europea (UE) ha desencadenado un debate acalorado en los medios políticos del continente europeo. Persisten muchas dudas de lo acertado de cualquier decisión en un sentido o en el opuesto. Veamos de qué se trata. Turquía, gubernamentalmente laica pero con una población mayoritariamente musulmana y practicante, se encuentra a horcajadas entre Europa y Asia. Se calcula que al finalizar el proceso de inserción, ello dentro de varios años, ese país con 80 millones de habitantes sería la nación más poblada de la Unión Europea. Tres por ciento de su territorio está en Europa, el resto, es decir 755 mil 688 kilómetros cuadrados, es asiático. Ambas partes están separadas por el Estrecho de los Dardanelos y por el Bósforo, que a su vez unen el Mediterráneo al Mar Negro. La capital Ankara está situada en Asia, pero Estambul –originalmente Constantinopla y más tarde Bizancio–, su ciudad más importante, es musulmana pero geográficamente europea. Sus vecinos en Europa son Grecia y Bulgaria con fronteras perfectamente delimitadas y aseguradas –incluso ello en Chipre–. Sin embargo, del lado asiático, esa situación se nubla por ser Turquía vecina de Irak, Siria, Irán, Armenia, Arzeibajan y Georgia, estados desestabilizantes, varios desestabilizados y conflictivos que entran intensamente en el juego geopolítico de Washington y Moscú que recupera, este último con Putin aunque paulatinamente, su vocación imperialista tradicional. Se sabe también que Irán y Siria son en cierta medida promotores, financistas y exportadores de algún tipo de terrorismo, incluso nuclear, en lo que a Irán se refiere.
En esa inestable región se suma el fundamentalismo musulmán, pero también el problema de la minoría kurda establecida entre Turquía e Irak. Esta población montañesa, guerrera, de difícil control, ha venido luchando durante años no por la autonomía sino por su independencia a lo que se opone absolutamente Turquía, pero también Irak en el sector kurdo de su territorio. Por estas diversas razones, de ingresar Turquía a la UE, esta última estaría heredando a su vez una frontera plena de interrogantes. Por otra parte, de rechazarse la candidatura turca, ello podría llevar a esa nación a caer en la zona de influencia rusa, lo que le permitiría finalmente a los moscovitas lograr el viejo sueño zarista de acceder, aunque por vía indirecta, al Mediterráneo. Esto se ha evitado a lo largo de la Historia y en particular durante la Guerra Fría al haber participado Turquía en la OTAN como aliada de los países occidentales opuestos, entonces, al imperialismo soviético. Si los europeos desean una Europa basada exclusivamente en valores judeo-cristianos, Turquía, por ser nación musulmana y demográficamente contundente, no calificaría como socia igualitaria en la UE –recordemos el conflicto religioso racial que ya se inscribe en el centro de Europa con una Bosnia musulmana enfrentada a sus vecinos cristianos–. Por otra parte, una Turquía fuera de la UE quedaría eventualmente al garete con el peligro de caer en el fundamentalismo musulmán, lo que sería un panorama inquietante para Europa y para sus consocios de la OTAN. Una tercera vía más sutil podría ser su integración como “Estado asociado”, lo que implicaría ciertamente limitaciones básicas, pero es de preguntarse si Turquía aceptaría dicha figura restrictiva. El intenso debate persiste y todo tipo de especulaciones están a la orden del día…
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