El arte perdió un gran pintor y escritor, Guatemala un gran hijo y yo un querido amigo.
Jorge Palmieri
Ya se veía venir la muerte del pintor, escritor, columnista dominical de elPeriódico y diputado Marco Augusto Quiroa (Maco para sus amigos), a pesar de la operación en el cuello a la que se sometió para extirparle unos ganglios, porque nos negábamos a aceptar que alguien tan lleno de vida y de amor pudiese irse tan pronto, a los 67 años. Pero la muerte llegó inexorablemente y, a pesar de que todos le deseábamos lo mejor sabemos que ha dejado de sufrir el cáncer linfático y que sus cenizas serán esparcidas en su querido Lago de Amatitlán, en cuya ribera vivía la idílica relación amorosa con su esposa, estamos tristes de que se haya ido sin haberse dado cuenta de los homenajes de admiración y amor que se le están rindiendo en forma póstuma.
Tuve la satisfacción de conocer al “maistro” Quiroa hace muchos años, cuando trabajaba como jefe del departamento de arte en una agencia de publicidad, y desde entonces gocé del privilegio de su amistad, a la que yo correspondí con espontaneidad y sinceridad. Jamás hubo entre nosotros el menor motivo de disgusto, porque aunque pensábamos de manera diferente sobre varios temas, tanto él como yo siempre fuimos respetuosos del derecho que nos asistía para disentir. Él era un izquierdista convencido, de los de a de veras, no de los de pose liberal. En la sala de su casa tenía un retrato de Carlos Marx a quien llamaba “mi tío Carlitos” y a Fidel Castro le llamaba San Fidel. Pero nunca le escuché faltar al respeto a ninguno que no compartía sus ideas.
El “maistro” Quiroa fue un gran amigo y cualquiera que llegó a conocerle fue un gran amigo de él. Era un hombre inteligente, simpático, ocurrente como pocos, alegre y sobre todo positivo. Amaba a Guatemala entrañablemente y estaba involucrado en varios proyectos en la búsqueda del bien común y la felicidad de los guatemaltecos.
Cuando se pudo hablar con libertad, expresó su pensamiento con hidalguía y jamás se escondió tras los eufemismos de los políticos vergonzantes. Maco fue un hombre íntegro y valiente que se expuso a las consecuencias de pensar y hablar con libertad en un país como el nuestro, en el que algunos le llamaban “comunista burgués” porque no era un proletario gracias al producto de su gran talento y productividad como pintor y como escritor. Son ignorantes quienes creen que para ser comunista hay que ser proletario. Y son demasiado intolerantes quienes no aceptan que los comunistas tienen derecho a serlo y a expresarse como tales.
Como pintor y como escritor de cuentos fue excelente, pero como amigo fue aún mejor. En ambas ramas del arte destacó merecidamente, y manifestó su chapinismo excepcional, su gran amor por esta tierra de la que nunca quiso marcharse en pos de un mejor futuro. Si se le admiraba como pintor, como escritor y como columnista dominical de elPeriódico, mucho más se le debía admirar por su gran amor por Guatemala y su inclaudicable solidaridad con los guatemaltecos. ¡Adiós, querido “gato viejo”!
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