Llorar a los muertos es llorarnos a nosotros mismos
Amable Sánchez Torres
Nunca fui amigo de Maco Quiroa, que en paz descanse. Tampoco enemigo. Quizá lo saludé tres o cuatro veces. Siempre lo vi de lejos y respetuosamente, como a un maestro del pincel y de la pluma. No me pasó inadvertida la perfección formal de las décimas que solía incluir en sus columnas, y se lo dije. Él me lo agradeció con un par de palabras.
En 1984 –supongo que a ruego de Juan Fernando Cifuentes– diseñó la carátula de mi libro Tratado del amor y de la muerte, editado por RIN-78. El motivo central del diseño consiste en una calavera, sobre la que posó la casi alada huella roja de unos labios. No sé si él habría leído entonces los versos de la extraordinaria elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé: “Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte”. Pero ahí está: el beso en la calavera. El amor y la muerte, como principio y fin, como columna vertebral de la vida. Creo que interpretó muy bien en pocos trazos cuanto yo había escrito al respecto en muchos versos.
Hoy, martes, dos de noviembre, es el Día de Difuntos. Por el respeto que esto me infunde, lo escribo con mayúsculas. Toda la historia –la turbia y la clara– de nuestra cultura puede girar en torno a esta fecha. Llorar a los muertos es llorarnos de alguna forma a nosotros mismos. “No siempre estar despierto es estar vivo”, se me ocurrió escribir alguna vez. Aún lo sostengo. “Quizá somos los hombres como esas / estrellas que murieron hace siglos / y cuya luz nos llega todavía”.
Es éste un asunto con el que me siento familiarizado desde que era niño. Ya entonces, sobre todo en la primavera, dormí algunas noches a la puerta del cementerio. Nunca logré explicarme por qué las rosas del cementerio tenían un aroma que sobrepujaba en delicadeza al de cualesquiera otras. En ningún sitio me he hallado tampoco tan a gusto. Me acostumbré a considerar a los muertos como hermanos, amigos, confidentes... seres que han llegado a la paz y a la serenidad que andamos buscando. Si nuestra meta es el equilibrio, ellos lo han alcanzado. Esto significa que el fiel de la balanza está en su punto ideal, sin que afanes ni temores la inclinen a un lado ni a otro. Ya no hay corrientes turbulentas que agiten el fondo, ni vientos huracanados que azoten la cumbre. Y no es que el corazón haya dejado de latir: simplemente reposa. Reposa maduro y pleno, como el fruto que siempre quiso ser.
Alguna vez le oí decir a alguien: “A mí no me da miedo la muerte. Lo que me da miedo es la coreografía”. Claro. Y es que nos han educado mal. Por eso deberían ayudarnos a distinguir y a simplificar. Concretamente a simplificar la coreografía, para que la confianza y la luz le vayan ganando terreno al temor y a la sombra.
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