Los hombres maduros tienen razones para la paranoia. Ya no les toca sólo soportar con estóica sonrisa los chistes sobre el Viagra, los comerciales en que se alaban los poderes de seducción de un pequeño frasco o las inmensas vallas que les exhortan a consumir vitaminas para mantener el vigor y ser buenos amantes, como si tal arte fuera asunto de vitaminas.
Ahora, en cualquier semáforo una guapa y joven edecán les identifica como potenciales consumidores (canas, calvicie incipiente, auto del año) y les echa por la ventanilla cápsulas de Ginseng. Rayana en acoso, estamos de acuerdo.
Toda esta artillería publicitaria me huele a una crisis silenciosa de masculinidad. Y me ha puesto a pensar qué puede pensar un hombre ante este bombardeo constante. Pues bien, me digo, no puede ser muy distinto de lo que piensa aquella mujer que ha debido soportar con sonrisa de Monalisa los chistes sobre el SPM, los anuncios en que se tasa en libras o letras el sex-appeal y las inmensas vallas que las exhortan a untarse de cosméticos para transformarse en objeto del deseo. A la hora del amor, en la mente de ambos debe estar aposentada una estorbosa conciencia de sí mismos y de su capacidad amatoria.
No menos paralizante debe ser el miedo escénico previo a un acto que ya no sólo se realiza con la pareja sino frente a ella y ante la mirada imaginaria de anónimos e implacables jueces que califican el performance. Añada al cóctel antiafrodisíaco una buena dosis diaria de estrés posmoderno y resulta tan previsible como la gravedad, que cada día más mujeres acudan al cirujano plástico y más hombres necesiten prescripciones, reconstituyentes y píldoras de Ginseng para estar a la altura de semejantes expectativas de desempeño sexual.
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