Es obvio que el tiempo es una invención del hombre y que el salto de un año al otro es el resultado de una arbitraria decisión que todos seguimos como becerros y sin cuestionarnos. De cualquier modo, la cercanía del 31 de diciembre mueve a la mayoría a revisar los 12 meses pasados, a reflexionar sobre lo que viene y a adquirir una serie de resoluciones personales.
Yo, normalmente, me salto los dos primeros pasos y por estos días me siento frente a la computadora para redactar mi lista de buenos propósitos. Admito que en los últimos dos años he recurrido a la carpeta del año anterior y he copiado algunas de las propuestas que por alguna razón no he llegado a cumplir. Mejorar en aquel idioma, por ejemplo (hace 20 años que asistí a la primera clase y empiezo a creer que no se me da. La última vez que estuve en la capital del país donde se habla, sus plomosos –o sufridos– habitantes me contestaban invariablemente en inglés ante cada nuevo esfuerzo mío por pronunciarlo).
Ya desistí de inventar proyectos peculiares para realizar con alguno de mis hijos. La mayor de ellos se negó amable en 2001 y rotunda en 2002, y ya me dio pena intentarlo en 2003 a coleccionar hojas secas de árboles con una pequeña explicación al lado. La explicación no tenía pretensiones de alimentar un tratado de botánica, pero igual no le pareció. De nada valió que forrara de su color preferido el dichoso cuaderno. Oportunamente me enteré de que el amarillo había dejado de ser su favorito.
Leí en un libro que el difunto Hiroito cultivó su vocación por la entomología a partir de la colección de insectos japoneses que inició cuando tenía 12 años. Supongo que a mi hijo de 4 le interesaría reunir ronrones y lombrices muertas. Veremos si en 2005 tengo más suerte.
En lo que he tenido un cierto éxito cada año es en el recurrente propósito de inscribirme en un gimnasio y ejercitar otra parte de mi cuerpo que no sean las mandíbulas. Mi modesta contribución a la economía de esos negocios me ha llevado ya a recorrer tres distintos locales en igual número de años, pagar la cuota de inscripción, forzarme (según yo) a asistir mediante el pago adelantado de las primeras seis mensualidades, pero luego me ausento igual por cualquier motivo.
Ya entendí que no es sensato imponerme la lectura de una cuota de libros al mes. Esto de las metas mensuales (peor aún las semanales) suelen ser de resultados catastróficos para la autoestima y pueden llevarlo a uno a la insana tentación de: a. hacer trampas, procurando sustituir libros por folletos (en el caso de la lectura, digo); b. tomar en cuenta incluso aquello que se ha quedado a medias (no requiere de mayor explicación).
Un propósito que sí deseo cumplir en el próximo año tiene que ver con esta columna. Me he propuesto abandonar ese tono solemne y aburrido de quien desayuna, almuerza y cena política para escribir de cosas más interesantes y más importantes para nuestras vidas. Sólo pido dispensa la semana entrante y quizá la próxima para dedicarme a revisar el primer aniversario de gobierno.
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