Slide, máscaras, zopes, pulpo o medusa no son nombres de maras. En medio de asentamientos y dentro de un territorio gobernado por pandillas, en Ciudad Real, existe un grupo de jóvenes y niños que se aferra a la vida y a los sueños por medio de un pasatiempo: las cometas.
Hace 15 años Carlos Rodríguez, pintor y catedrático de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, a quien también atraían las cometas, practicaba su costumbre de irse a pintar en áreas alejadas de la ciudad. En los asentamientos se fue percatando de la precariedad de los niños que soñaban con volar barriletes, pero que no tenían dinero para comprarlos.
Pensó que podía aportar algo, una alternativa para los niños, la cual no necesitaba dinero. Comenzó a trabajar así con deshechos, bolsas plásticas y otro material, y durante meses “que no son noviembre”.
En un campo de fútbol de Ciudad Real, bajo el sol diáfano de estos días, Rodríguez abre un estuche que aparenta la funda de una escopeta. Mas, dentro, lleva cometas de plástico de diferentes formas.
A su lado se reúne una palomilla de jóvenes y niños, cada quien con su cometa. Formas romboides, alas delta –llamadas así por su semejanza con la cuarta letra del alfabeto griego– de nylon negro, como “zopes”. En pocos minutos vuelan encima, a 100 metros de distancia.
Barriletes rústicos que, dependiendo de su forma, toman los nombres de slide, máscaras o medusas. “La banda les pone nombres”, dice David, de camisa negra y arete en el oído, quien tiene más de 40 años y 30 de volar barriletes.
Mientras tanto Rodríguez suelta, a propósito, el que sostenía en su mano derecha, el cual se pierde en el vecindario cuadras adelante. “Es por si algún niño lo encuentra”, para pasar el mensaje.
Uno de los que lo recibió fue Manny, un muchacho de 20 años y cola de macho que le cae sobre la espalda. Detrás de su apariencia de rockero se esboza la fragilidad que muestra la mayoría de jóvenes de áreas marginales.
Aunque sus amigos de la escuela no entendían su pasatiempo y le decían que era “cosa de niños”, su vida también pende del hilo de una cometa que vuela, según dice, muchas veces “desde el amanecer” y aun bajo la lluvia.
De más está decir que a ellos ni los propios vecinos los entienden. “¡No sean locos!”, les dicen... “¡La época de barriletes ya pasó!”, o “¡dejen de estar haciendo basura!” No parece importarles mucho. Como dice Rodríguez, para los jóvenes esto es más que un pasatiempo.
Por eso, mientras miles de jóvenes como éstos queman cohetes, beben cerveza o se drogan, ellos parecen no hacer caso de la época navideña que a todos abruma. “Estamos conectados con el viento”, dice David.
¿Qué fue lo que impulsó a Rodríguez a amar las cometas en primer lugar? La indiferencia de los adultos hacia el mundo de los niños. “A los demás no les importa qué sentís o qué pensás, todo es qué calificaciones sacás, cuánto producís... Cada vez hacemos menos contacto entre los humanos y con los niños. Los cometas te permiten ese contacto. Te vuelven niño.”
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