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No tengo carro. No quiero tener carro. No he tenido carro en mucho tiempo. Soy feliz.
Pero a veces le pido prestado el suyo a CL6. CL6 me lo presta, luego se lo devuelvo.
La semana pasada, así lo hicimos. Llegué a su oficina, con el objeto de reintegrarle las llaves del automóvil. Aprovechamos para hablar un rato. Después le dije: “Tengo que irme”. “Yo también”, agregó ella. “Bien”, contesté: “Salgamos juntos entonces.”
Y saliendo los dos, me dice: – Un segundo. Tengo que marcar tarjeta. Acercó su mano a un dispositivo que estaba en la pared. El dispositivo leyó sus huellas digitales. De tal manera quedó registrada la hora de su salida. “Marcar tarjeta ya no es marcar tarjeta”, me dije tristemente, pero sin asombro. De haber visto eso hace 10 o 15 años, me habría parecido enorme, espectacular. Pero la tecnología ha dejado –significativamente– de asombrarme.
Eso se debe a que hemos gastado la noción de novedad. La novedad, la reactualización, el cambio, ya no quieren decir más nada hoy en día. La creatividad está devaluada. La era de la revelación ha terminado.
La brecha entre especulación –libros de fantasía, películas sci-fi,cómics– y ejecución se ha ido estrechando, asfixiando la ilusión. Sucede que nos toca vivir, en una misma vida, utopía y realidad, y de modo cada vez más coincidente. Cada vez más, el futuro es hoy. ¿No les pareció raro, y burdo, cuando efectivamente llegó el año 1984 (Orwell), cuando ocurrió el 2001 (Kubrick)? En poco tiempo, los escritores de ciencia ficción serán piezas de museo. Una serie como Star Treck hoy nos parece tan antigua como el primer ferrocarril.
“Marcar tarjeta ya no es marcar tarjeta”, me dije tristemente. Me despedí de CL6, y caminé por la calle, infestada de carros.
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