La cafeína puede incluso resultar beneficiosa para la salud.
María Olga Paiz
Empiezo cada mañana con un café. Encuentro cada sorbo de este brebaje oscuro y amargo reconfortante, a pesar de la conciencia recién removida. Ayer, la lectura del artículo de portada de Natinonal Geographicme recordó que al realizar este ritual matutino incurro en al consumo de la droga psicoactiva más popular del mundo moderno, la cafeína.
La consumen en refrescos carbonatados los niños en las piñatas, enlatada como bebida energética los jóvenes en bares y discotecas, en humeantes capuchinos las mujeres en los cafés o en infusión de té los monjes en el Tíbet.
Es tan popular quizás porque aún podemos consumirla con impunidad, sin la censura social que ha congregado a los bebedores a AA y ha desterrado a los fumadores a las aceras.
Leo con alivio que, a pesar de los conocidos efectos mentales y físicos de este alcaloide, los incansables científicos aún no han encontrado nuevos efectos negativos para los bebedores de café.
Estudios en el pasado han establecido que quienes consumen más de tres tazas de café al día parecen enfermar más que otros de cáncer de vejiga, de fibrosis cística en los senos y de osteoporosis, pero nuevas investigaciones sugieren que el consumo moderado de la cafeína puede incluso resultar beneficioso para la salud: mitiga el dolor, bloquea la migraña, reduce los síntomas de asma y levanta el ánimo.
El ritual del café hace soportable esa abrupta transición entre los ritmos corporales y los ritmos de la vida actual. A diario se abren cuatro tiendas de Starbucks en algún confín del planeta para ofrecer al aturdido hombre moderno el consuelo de la que, hasta que no se compruebe lo contrario, se presenta, humeante y aromática, como la droga perfecta para seguirle el paso a la vida de hoy.
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