Cada día me convence más la sabiduría popular que dice “no hay mal que por bien no venga”, porque durante estos últimos días me lo han demostrado las incontables muestras de simpatía y solidaridad que he recibido por un reciente
artículo vituperioso que publicó contra mí, la semana pasada, una patoja malcriada, insolente y en mi opinión descalificada. Los lectores que también son mis amigos me han preguntado por qué no le he contestado lo que se merece, y les he respondido que no voy a contestarle lo que se merece por respeto a los lectores y a mí mismo. Además, los insultos deben tomarse de quien vienen y, con gran serenidad, se debe tener la prudencia de dejar pasar unos días antes de contestarlos para que no nos domine la reacción hepática que nos puede hacer responder con peores insultos y caeríamos en el nivel de quien nos ha insultado.
Durante más de medio siglo que he dedicado al periodismo he procurado polemizar solamente con personas que tienen alguna calidad y significación, y estoy convencido de que esta mujer no tiene, porque, aunque esto no tiene que ver con lo que dijo, identifica su personalidad el hecho que es una de esas “chavas” neo hippies alocadas y atrevidas que hablan del sexo de manera descarnada y creen que han vuelto a los años sesenta, se perforó la nariz y la ceja para colgarse aretes ( pierceen inglés). Dios quiera que por la lectura de este artículo no se perfore también los labios. Ella pertenece a un curioso grupo que organizó, entrenó y patrocinó al equipo de fútbol de “sexo servidoras” (putas, pues) que fornican en unos cuartuchos asquerosos situados a la orilla de la línea del tren, en la zona 1, en un barrio que el ConejoBerger calificó de “jacarandoso”, cerca del edificio de la Aduana Central, al que se va a trasladar el Ministerio de Gobernación.
Con extraña insistencia me exige, entre las babosadas que dice, que diga dónde cené el 31 de enero de 1980 y con quien tomé “cafecito”, y no tengo inconveniente en informarle que cené en la residencia del embajador de México y en la tarde tomé café con una amiga. Pero si su propósito chantajista es para forzarme a decir dónde almorcé y con quién, ya he publicado que fue en Casa Presidencial y con el Presidente de la República, general Romeo Lucas García, quien era mi jefe, porque yo era el embajador en México. Y si le interesa, comimos cackik.
Dice que tengo “tirria” (odio, ojeriza) a Rigoberta Menchú porque he estado diciendo lo que en verdad ocurrió en la “toma pacífica” (¿?) de la embajada de España por un grupo de hombres armados con pistolas, machetes, bombas molotov y la cara tapada con pasamontañas, contrario a lo que unos dicen, que los policías lanzaron napalm a las oficinas para quemar vivos a los ocupantes. ¡Qué estupidez! Le molestó que yo haya dicho que le falta un tornillo a quien crea que la Menchú podría llegar a ocupar la Secretaría General de la OEA porque obtuvo el Nobel de la Paz y 17 doctorados honoris causa.No entiende que tanto el premio como los doctorados son simbólicos, y a ese cargo sólo se puede llegar por elección y una excelente preparación específica. Y la Menchú ni siquiera es bachiller. Por otra parte, ¿cree que EE.UU. no vetaría a quien tanto admira a Castro, Lulay Chávez?
En vez de haber escrito esa estúpida e irrespetuosa diatriba en cuyo título utilizó mi apellido con el evidente propósito de hacerse notar –lo cual no ha logrado por su inteligencia, ni por su preparación, ni por su cultura, ni por su físico–, habría sido mejor que hubiese empleado ese tiempo en jugar fútbol con sus amigas del equipo Estrellas de la Línea quienes no me extrañaría que hayan sido las que enviaron a la página webde internet de elPeriódicouna gran cantidad de mensajes felicitándola e insultándome todo lo que les dio la gana. Y sospecho que unos hijos de estas futbolistas las ayudaron a pinchar visitas a su columna y a enviar esos mensajes con tantos insultos contra mí. ¡Barajo y reviro en contra! Para terminar, el título de esta columna es parte de una declaración del sabio Albert Einstein, autor de la Teoría de la Relatividad: “Sólo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana; pero de la primera no estoy muy seguro”.
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