Mis primeras publicaciones aparecieron a finales de los terribles años 70 en El Imparcial.
Mendes Vides
Mis primeras publicaciones aparecieron a finales de los terribles años 70 en El Imparcial, el vespertino que ya daba tumbos naufragando. El olor de la tinta me turbaba, y me parecía una delicia embadurnarme las manos con esa negrura pobre. La ficción volaba sin destino y el misterio de quienes pudieran ser mis lectores se instauró como una fijación. Las palabras sueltas me parecían condenadas a no tener respuesta. Una tarde de mayo todo cambió, porque recibí una extensa carta escrita a mano, con fina caligrafía, firmada por una mujer de enorme cultura, doña Elsie de Sosa Silva, quien se había propuesto corregir a sus anchas mis deslices, señalándome los abundantes descuidos sintácticos o gramaticales, discutiéndome mis planteamientos, abundando en referencias y lecturas que la respaldaban. Se me quedó grabado su nombre y guardé la carta con cariño e inmenso celo, porque en alguna medida mis balbuceos habían robado algún tiempo de tan digna persona.
Sus cartas siguieron llegando a cada vuelta de rueda. Siempre les presté mucha atención, e inspiraron en mí la promesa de satisfacer algún día su buen juicio. Por un tiempo me marché del país, y dejé de publicar en los diarios. Retorné, pasaron los años y arranqué nuevamente con esta costumbre semanal desde el mismísimo primer día que apareció elPeriódico. Pronto reapareció mi amable lectora. Ya no utilizaba el medio escrito, sino llamaba a la redacción, y al no encontrarme, me dejaba encargadas sus recomendaciones. Mis amigos le dieron mi número de teléfono particular, y entonces su letra refinada cobró voz y vida. Hubo ocasiones cuando sus llamadas se contabilizaban en horas que mucho le habrán costado, tiempo que yo invertía encantado, aprendiendo y escuchando los consejos de una lectora tan singular. Sus llamadas me siguieron a todas las casas donde he vivido, incluso al celular que nos acosa, pero ya no sólo me jalaba las orejas sino incluía la grata discusión sobre los libros que en esta columna yo comentaba.
Hace más de un año que recibí su última llamada. Me dijo que estaba recluida en su habitación, obligada a guardar cama, sufriendo el cuerpo pero con el alma palpitante gracias a los libros que le llevaban los suyos. Hablaba con tanta pasión de sus lecturas que me llenaba de dicha. Para ella no había dolor ni desamparo que no pudiera ser superado con la lectura de una buena obra literaria.
Los meses transcurrieron sin volver a tener noticias suyas, hasta hace pocos días, cuando uno de sus hijos me escribió para contarme de su deceso. Un profundo dolor me acongojó. Fue como si me hubiera quedado sin lectores.
Nunca llegué a conocer personalmente a tan notable dama, pero su letra y voz perdurarán siempre en mi memoria.
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