Siempre he llegado tarde a las fiestas, a las citas y a las revoluciones. En estos días, por ejemplo, he estado en Nicaragua y poco o nada queda de aquel país insurrecto de mis 20 años.
Camino por las calles de Managua, bajo la sombra de un Sandino que me vigila desde una colina. Lo que veo a mi alrededor parece ser la resaca de todas las utopías: Malls gigantescos que se construyen por todos lados, ventas de ceviche, hoteles, evangelizadores, niñas que se te ofrecen por cinco dólares, vendedores ambulantes, restaurantes de comida rápida, guardias, como les dicen aquí a los policías…
Los periódicos hablan de pactos secretos, de corrupción, de negociaciones turbias y una foto en primera plana de Daniel Ortega junto a Arnoldo Alemán (ambos satisfechos y sonrientes), es para todos (intelectuales y taxistas incluidos) el testimonio de algo parecido a la infamia.
Lo único que queda es la poesía, me dicen. He leído mucha en los días pasados. La hora 0de Ernesto Cardenal, por ejemplo. El poema donde los dictadores deciden, fumando, la muerte de un hombre o de muchos. Conspiradores que cruzan la noche rumiando la caída de los tiranos.
He leído a los jóvenes también. Andan jodidos como siempre. Medio atormentados. “Abandonados como un recuerdo descompuesto”. “Solos, embrutecidos, carentes de cosas, esperando despertar de esta burla”. Leí los versos anteriores sin ponerles demasiada atención, pero no hay modo que se me borren de la memoria.
Pero aun víctima de muchas tormentas, ésta es la tierra de Cardenal, de Martínez Rivas, de Coronel Urtecho, de Joaquín Pasos. Demasiados gigantes para un país tan chiquito. Te persiguen y se te atragantan por las noches. “Noches tropicales de Centroamérica/ con lagunas y volcanes bajo la Luna/ y luces de palacios presidenciales”.
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