Dialoguen lo necesario: ni más ni menos de lo necesario.
Pablo Rodas Martini
Con el ánimo de que a este gobierno le vaya bien, pues si eso ocurre Guatemala estará mejor, me permito hacer las siguientes sugerencias al presidente Berger.
Primero, concentren todas sus energías en las dos principales demandas de los guatemaltecos: mejorar la seguridad ciudadana y estimular la economía nacional. Con esto no quiero decir que otros objetivos no son relevantes, pero les sugiero que dediquen casi toda su atención a cumplir esos dos. Precisen cinco o seis políticas clave en cada rubro, las que deberían pasar a ser el abecedario desde el Ministro hasta el servidor de menor rango en cada dependencia. Construyan cuanto antes una batería de indicadores que evaluarían mensualmente. Unos diez en cada rubro sería más que suficiente.
Segundo, no pierdan por ninguna razón la credibilidad en cuanto a transparencia y honestidad pública. Del balance que se hace de 2004, eso es algo que nadie les cuestiona. No pierdan ese valioso activo intangible. Contrario a los dos temas anteriores, aquí van sobre un camino aceitado, el gobierno se mueve sin obstáculo.
Afinen mecanismos para amarrar la transparencia hacia el mediano plazo. No olviden que la “virginidad” se puede perder en cualquier momento: al gobierno de Arzú le había ido muy bien en sus dos primero años, pero el procedimiento oscuro posterior para privatizar la telefónica, provocó que sus enemigos políticos lo acusaran de los mayores desmanes en el manejo de la cosa pública.
Tercero, dialoguen lo necesario: ni más ni menos de lo necesario. Descarten cualquiera de las dos opciones extremas que a muchos les fascina. Hay quienes rechazan el diálogo por completo, y se empecinan en no transigir en sus medidas; en el otro extremo, hay quienes se comportan como si los funcionarios sólo deberían estar dialogando todo el día. Esto último agota el diálogo, lo degenera. La mayoría de problemas requieren decisiones; unos problemas precisan el diálogo. No creamos que todo exige lo primero. Procuren lograr ese equilibrio.
Ciertamente tienen un gobierno débil en el Parlamento, pero aun así controlan plenamente el Ejecutivo. Determinen a priori en qué áreas buscarán el diálogo con otros actores políticos, con el sector empresarial y con la sociedad civil en general. Ustedes, sin embargo, fueron electos con base en una agenda, que si bien no estaba bien definida, se sabía que era de corte empresarial. Prosigan con su agenda; no traten de complacer a todos en el camino, pues jamás lo lograrán y sólo se verán forzados a reducir el paso, y en caso, incluso, hasta a retroceder.
Finalmente, presidente Berger, no se ponga a pelear con medio mundo. En el tema de la minería, por ejemplo, ya tuvo su encontronazo con el cardenal Quezada Toruño. Ahora se lanzó a pelear con monseñor Ramazzini de San Marcos. No siga en esa línea pues, si no va a terminar dándose de gritos con el sacerdote de la Parroquia o el del Tivoli.
No desgaste la figura presidencial en querer andar dando halones de oreja a los otros. El Presidente debería procurar estar por encima del bien y del mal, ser el representante de la unidad nacional. Dé una conferencia de prensa a la semana o por quincena, pero no se desgaste en andar respondiendo a una y mil preguntas que le formulan los periodistas. Lo toman por sorpresa y termina metiendo la pata algunas veces. No hable más que sus ministros, no los sustituya: ellos son la primera línea ante la opinión publica, ellos deberían ir respondiendo las decenas o centenas de preguntas de los periodistas.
Designe, además, un “peso pesado” para que conduzca la negociación con el Congreso.
Ni usted ni el Vicepresidente tienen, de nuevo, que ser la primera línea de fuego en la negociación con los partidos políticos de oposición. Para enfrentar a sus adversarios, tenga otro par de hábiles políticos que polemicen y debatan públicamente a través de la prensa, que ellos sean sus alfiles, sus torres, que enfrenten de manera continua a sus oponentes, pero no se ponga usted a andar de dimes y diretes con opositores políticos o de la sociedad civil.
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