Todo era colectivo y estatal, como en las sociedades primitivas.
Rigoberto Juárez-Paz
De Moscú vimos muy poco y de lo que vimos fue sólo superficialmente. Pasamos frente al Bolshoi, fuimos a la Universidad de Moscú, el Kremlin, usamos el metro, estuvimos en la Plaza Roja, la tumba de Lenín y una gigantesca tienda estatal. Por supuesto que quien ha estado en Nueva York, Londres o París difícilmente se asombra al llegar a otras grandes ciudades del mundo. Los moscovitas sólo empezaban a acostumbrarse a vivir en una sociedad diferente. La guía de turistas deploraba que su hijo ya no recibiera ayuda estatal para asistir a la universidad. Nos causó extrañeza que casi no hubiera residencias privadas. Enormes multifamiliares se veían por todas partes. Allí nada era individual. Todo era colectivo y estatal, como en las sociedades primitivas, que aún no han descubierto al individuo ni la libertad. Como sabemos, la libertad colectiva es una ilusión. Las personas son libres o esclavas, en mayor o menor grado. Las naciones son más o menos independientes.
El día que debía presidir “mi” sección del congreso, sobre la Teoría del Conocimiento, estuve tenso desde el amanecer, como que presintiera el desastre que se aproximaba. Antes del almuerzo fui a cerciorarme de cuál era el aula en que debía estar a las tres de la tarde. (Un periodista me detuvo en un pasillo y me dijo, en clarísimo español, “Soy de Radio Moscú y me gustaría saber su opinión acerca del fracaso del comunismo”. Tan pronto me repuse del susto, le dije: “El comunismo fracasó, y volvería a fracasar, porque es contrario a la naturaleza de los seres humanos. Los comunistas no saben qué es la libertad. Algunos de ellos sólo repiten la tontería de que “la libertad es la conciencia de la necesidad”).
Llegamos a la hora en punto y el aula estaba a reventar. Un peruano hacía una serie de dibujos en el pizarrón. Un señor que de lejos parecía chino ocupaba “mi” silla. Me le acerqué y lo saludé amistosamente. Al observar que no reaccionaba, tomé un papel y le escribí, en inglés, que yo era fulano de tal, presidente de esa sección del congreso y que íbamos a empezar la sesión. El “chino” no se inmutó. Entonces, con mucho esfuerzo, le escribí lo mismo, sólo que esta vez en el mejor francés que me enseñó Roberto Gándara Lacape, en la Normal. El chino, que realmente era un ruso del lejano Este, empezó la sesión y yo tuve que aguantarme por más de una hora sin entender una palabra. Por fin llamaron a una mexicana cuyo idioma entendimos, pero el contenido de cuya ponencia deploramos. Ya no recuerdo si el peruano que hacía dibujos en el pizarrón logró hablar. Él no estaba programado y mi última decisión presidencial fue permitirle que participara.
El congreso estaba muy mal organizado, como era de esperarse en una sociedad en la que los ciudadanos están acostumbrados a sólo obedecer órdenes. (Continúa).
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