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El rincón de Casandra

Es un asunto de fe y por lo tanto exclusivo del creyente.

Por: Jacques Seidner

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No deberían objetarse las creencias religiosas. Es un asunto de fe y por lo tanto exclusivo del creyente. La reciprocidad debe ser exigida como regla de convivencia pacífica entre individuos y más aún entre los pueblos.

Desafortunadamente, esta regla no ha sido observada a lo largo de su Historia por las grandes religiones monoteístas nacidas en Oriente Medio. Se han distinguido éstas por su intolerancia y belicosidad, tanto entre sí como también hacia lo foráneo. Las treguas en los enfrentamientos de un tipo u otro han sido generalmente de corta duración, lo vemos hoy en una Europa nuevamente antisemita y xenófoba a escasos años del Holocausto… Y así fue que un hombre vivió en Palestina durante un período histórico perfectamente definido bajo el reinado de Augusto y de Tiberio. Su existencia es indiscutible. Fue visto trabajando de carpintero, transitando por los caminos aún hoy recorridos, comiendo pan y oliva, a veces pescado, alimento preferido de su pueblo y durmiendo sobre una estera de juncos o en la hamaca tradicional en los días calurosos de verano. Un judío al estilo de muchos otros que vivían entre cierta comodidad y cierta pobreza. Un hombre entre los hombres, un hombre como los había tantos en la tierra de Israel… Y, sin embargo, este judío surgido del pueblo, ciudadano de una nación sometida, dijo las palabras más sorprendentes: que era el Mesías, el testigo providencial gracias al cual el Pueblo Elegido de Dios sería restablecido en toda su grandeza, pero más aún extraordinario, aseveró ser el hijo de Dios… Y fue escuchado por algunos incondicionales que lo acompañaron en su finalmente trágico peregrinaje. Más sorprendente aún fue aquel otro, que nunca habría de conocer a Jesús –un judío, Saúl de Tarso–, quien le habló a propios y extraños llevando la palabra del nazareno hasta el centro del mundo: Roma. Y ahí las mujeres y los esclavos acogieron las ideas de esperanza venidas de Israel pagando con frecuencia ello con el precio de la sangre. Y sucedió que lentamente con el caminar del tiempo y pasados varios siglos, el mundo occidental se tornó cristiano, proselitista, guerrero y agresivamente antijudío… “Cosas veredes Sancho”, comenta estupefacto el loro parlanchín… Que no se sepa aún hoy con precisión la fecha del nacimiento de Jesús –prosigue el debate al respecto– y que no se identifique, con seguridad la aldea de su procedencia, son, estas, consideraciones históricas hasta cierto punto secundarias y vistas desde una perspectiva estrecha. Lo sorprendente es la trayectoria que con desviaciones por momentos extremas –lo que finalmente es habitual en la evolución de las ideas– recorrieran esas palabras dichas, posiblemente en arameo, por un inspirado profeta judío, y cuyos conceptos desembocaron pasado el tiempo en una de las religiones más influyentes y activas del planeta.
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