La estirpe de personajes que se consideran a sí mismos grandes, indestructibles, intocables e incuestionables sucumben ante lo inesperado, ante aquello que les resulta insignificante comparado con su omnipotencia. El día tiene 24 horas y me resulta insoportable invertir tiempo en las columnas de Jorge Palmieri, pero, en esta oportunidad, ante la estrepitosa caída de este gigante de ficción, me proporciona una extraña tranquilidad comprobar cómo los propios insultos regresan a su autor y le adjudican su justa medida: la de la mezquindad. Cómo sencillas palabras y verdades, dichas por una valiente Lucía (la Lucha Libre), resultan tan amargas a quien ha llegado a creer en su propio Jauja de calumnias y se autonombra representante de la opinión de todos los guatemaltecos. Discúlpeme señor Palmieri, yo me automargino de sus dominios. Le pido que no hable por mí. Y desde mi insignificancia le digo: En estos tiempos de noticias alarmantes, las tensiones inútiles creadas a través de sus columnas es lo último que necesitamos.
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