No es necesario pensar en maquinaria industrial, turbinas de aviones, altoparlantes, conciertos o vecinos ruidosos para hablar de contaminación auditiva. Basta con estar en medio del tráfico vehicular un viernes por la tarde y escuchar el ruido de escapes y bocinas en las calles.
El otorrinolaringólogo Antonio Molina dice que la contaminación auditiva -o audial- ocurre cuando la audición es distorsionada por altos índices sonoros que pasan del sonido al ruido. Pero, ¿cuál es el límite?
El sonido se mide por decibeles, con un aparato llamado decibelímetro. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el ser humano tolera bien los sonidos de hasta 65 decibeles en áreas residenciales, y 75 en zonas industriales. La diferencia, explica Maritza Castañeda, consultora en Derecho Ambiental, es porque en las primeras las personas habitan y en las últimas se mantiene poco personal y por tiempo limitado. En un concierto se utilizan entre 110 y 140 decibeles, aunque solo el bullicio del público genera alrededor de 80 decibeles, comenta Miguel Chuy, ingeniero en sonido.
Por su parte, Molina asegura que el trauma -que produce una lesión irreversible en el oído interno- se da al exponerse a más de 80 decibeles por 4 o más horas diarias.
No obstante, la medición es subjetiva, pues los decibeles no indican el daño psicológico que produce una discoteca a los vecinos que intentan dormir, ejemplifica Castañeda.
PANORAMA LEGAL
La prevención y el control de la contaminación por ruido en Guatemala están contemplados en el Artículo 17 del Decreto 68-86, de la Ley de Protección y Mejoramiento del Medio Ambiente. La misma está tipificada como delito en el Código Penal, en el Decreto 1773, Artículo 347 a y b.
Sin embargo, una debilidad de esta ley es que no existe un reglamento que establezca los limites permisibles de sonido, así como los tiempos de exposición a este, opina Castañeda.
Es por ello que las quejas por exceso de ruido no avanzan, pues quien debe pagar el estudio de impacto ambiental es la empresa demandada, lo que influye en el resultado. Tal es el caso de una demanda en contra de Casa Club Tiro y Pesca, que los vecinos de la zona presentaron en el año 2000 a la Comisión Nacional del Medio Ambiente (Conama) -era la Comisión la que atendía esos casos; hoy es el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN)-, en la cual manifestaban su descontento por el ruido de los disparos.
Al final no se logró nada, recuerda Castañeda. Aunque se calmaron un poco, la entrevistada comenta que en su caso -su oficina está ubicada cerca de este club-, ella tuvo que remodelar sus ventanas para que las molestias disminuyeran. En Europerfiles -una empresa que vende materiales aislantes del ruido-, una ventana de PVC con vidrio de 8 mm (los normales miden 5 mm) tiene un precio de US$425, mientras que el de una de aluminio común y corriente es de Q450.
El MARN ya elaboró un reglamento para la prevención y el control de la contaminación audial y, según Antonio Gómez, coordinador de la Unidad de Calidad Ambiental de esta cartera, ya se presentó a la Secretaría General de la Presidencia. Gómez agrega que esperan la firma y emisión de un acuerdo gubernativo para finales de este mes.
PREVENCIÓN
Un daño en la audición ya no se cura, “ni con cirugía”, resalta Molina. Si se detecta que el sentido del oído está siendo afectado, el galeno sugiere no exponerse más a ruidos muy fuertes.
Castañeda indica que hay medidas que previenen los daños, como el uso de barreras naturales (los árboles, por ejemplo) o físicas (alfombras o bancas) y una buena planificación urbana (separar las áreas industriales de las residenciales).
De acuerdo con Molina, el uso de tapones también aminora las lesiones. Hay unos anatómicos que ofrecen hasta un 35 por ciento de protección y son hechos a la medida. Cuestan entre Q140 y Q250, y duran un año. Además, el mercado ofrece desechables que vienen de tamaño estándar, pueden usarse 5 o 6 veces y su precio oscila entre Q16 y Q50.
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