Hace unos años fuimos advertidos: la tierra se está calentando, las consecuencias serán espantosas. Nos lamentábamos: “Es terrible”, y todos: “Es muy grave”.
A eso le siguió una confortable procrastinación. ¿El calor endemoniado de estos últimos días? Seguirá creciendo.
El ascua de hoy es la hoguera del mañana. Hijos, nietos, bisnietos arderán como brujas. Los polos se están derritiendo. Se nos dice que “los últimos diez años han sido los más calurosos desde que se llevan registros”. Pero preferimos llamar a los ambientalistas pesimistas, y más: histéricos, desequilibrados. La corrupción no es solamente la corrupción de las instituciones, la corrupción de los frentes democráticos. Es sobre todo la corrupción de nuestro hábitat. Queremos cuidar la mente, pero el cuerpo se está muriendo. La influencia antropogénica es alarmante. Billones y billones de toneladas de CO2. Estados Unidos resiste el protocolo de Kyoto.
Las películas de corte apocalíptico son cristales culturales diseñados para insensibilizarnos hacia la noción de fin del mundo. A eso se une una excesiva confianza en la tecnología: la tecnología sabrá arreglar lo que no tiene arreglo, así pensamos. Pero la tecnología no es un espíritu libre: es un espíritu que está de rodillas.
Y entonces surge el argumento, la lógica de la expiración: si tan sólo moverse no fuera tan difícil… No lo es. Nuestra responsabilidad es Petén. Nuestros gobernantes son exactamente eso: nuestros. Necesitamos un informe constante, claro, por parte de éstos, medidas radicales. Miles de miles de hectáreas, sacrificadas inútilmente a nuestra pereza, a nuestra falta de exigencia, a nuestra poca personalidad.
El calentamiento global es un nocturno dorado pájaro: pájaro en llamas. Nos come las vísceras.
0 comentarios: